Barrio de Azcapotzalco, Ciudad de México

En el noroeste de la cuenca de México se localiza Azcapotzalco, mítico lugar del nacimiento del maíz, donde antaño confluían cinco lagos: Zumpango, Xaltocan, Texcoco, Xochimilco y Chalco.

De acuerdo con su glifo, y por su nombre, corresponde a Azcapotzalco ser la cuna ancestral del maíz. Fue en las tierras de esta demarcación ubicada al norte de la actual Ciudad de México donde Quetzalcóatl, disfrazado de hormiga, robó el grano a los dioses para dárselo a los hombres. De ahí que el nombre de este territorio derive de los vocablos náhuatl “azcatl” (hormiga, “potzcalli” (montículo) y “co” (lugar), en el hormiguero.

Según el Códice Chimalpopoca, Azcatl reveló la existencia del maíz en Tonacatepetl a Quetzalcóatl, quien se transformó en una hormiga negra y se introdujo en aquel lugar y llevó a Tamoachán la gramínea que sirvió como base de alimentación en Mesoamérica. Además, el maíz es el tesoro simbólico sobre el que descansa actualmente la subsistencia de muchos pueblos. De ahí que el glifo de Azcapotzalco representa a una hormiga rodeada de granos de maíz.

Matlacóhuatl fue quien fundó Azcapotzalco, uno de los grandes señoríos del Valle de México, en el año 1152 d.C. Pero fue hasta principios del siglo XIII cuando los barrios originarios se poblaron y el crecimiento demográfico fue vertiginoso.

Cuando la cercana ciudad tolteca de Tula estaba en pleno esplendor, muchos artesanos de Azcapotzalco se establecieron allá. Al dispersarse los toltecas, los mejores artistas regresaron a Azcapotzalco trayendo consigo la tradición, las costumbres y el arte de los pueblos toltecas.

Durante el periodo Clásico la especialización de la gente era amplia, agricultores, orfebres, ceramistas, talladores de piedra, albañiles, tejedores, comerciantes, sacerdotes y gobernantes.

Al señor Tezozómoc se le considera como el “tlatoani” más importante. Durante su gobierno fue cuando los aztecas fundaron México, si bien se convirtieron en tributarios de los habitantes de Azcapotzalco, los tepanecas, en cuyo territorio se habían establecido.

La grandiosa ciudad de Azcapotzalco fue arrasada, incendiada y destruida. Las crónicas destacan que Maxtla se refugió en un temascal. Allí lo descubrió Nezahualcóyotl, quien con una daga de obsidiana le abrió el pecho y le arrancó el corazón para ofrecerlo a su padre, Iztlixóchitl. Tras esta derrota los tepanecas se vieron obligados a reconocer como señores a los mexicas, servirles y pagarles tributo.

En mucho, el esplendor y la fuerza de Tenochtitlán se debió a la imitación del Señorío de Azcapotzalco, no sólo en cuanto a su organización política y social, sino también en gran medida a su vocación militar. Fue un gran pueblo de guerreros indómitos, sublimes artistas y sabios que sentaron las bases de la gran cultura que se desarrolló posteriormente en Texcoco y Tenochtitlán.

El otro Azcapotzalco es un sembradío de iglesias y capillas en medio del campo, con un pueblo fervoroso recién convertido al catolicismo, en contraste con aquel que se resistía a dejar de contar en náhuatl su esplendoroso pasado, antes de la servidumbre. Y más tarde, después de la Independencia, soñar un Azcapotzalco bucólico, afrancesado y tibio arrasado de pronto en el siglo XX por enormes avenidas, grandes industrias petroleras y luchas sindicales.

El 8 de octubre de 1702 fue reinaugurada la iglesia dominica de Felipe y Santiago, reconstruida de un temblor y que está cimentada sobre el antiguo “teocalli” de los tepanecas. En el segundo cuerpo de la torre del campanario se distingue la mítica hormiga colorada. Sobre ésta existe la leyenda de que año tras año va avanzando y que cuando llegue a la torre, el mundo se acabará. En el atrio se desarrolló la última batalla por la Independencia respecto de España, el 19 de agosto de 1821.

Aquí nació Fernando Montes de Oca el 29 de mayo de 1829, quién murió como cadete en el Castillo de Chapultepec, uno de los llamados “Niños Héroes”, al combatir la invasión estadounidense en 1847. Para 1853, la población de Azcapotzalco era de 5 mil habitantes. Sin embargo, por su contribución a la Independencia recibió el título de Villa en 1854.

Con las leyes de Reforma fue en esta Villa de Azcapotzalco donde se estableció el primer Registro Civil laico del Estado en México, en 1861. En 1930 ya contaba con 40 mil habitantes, por lo que su importancia como centro de comunicación fue aumentando. En 1885 la Compañía de Ferrocarriles del Distrito Federal, construyó una línea de Azcapotzalco a Tlalnepantla. A partir de 1890 empezaron a proliferar las bicicletas y en ese mismo año se realizó la primera carrera ciclista de Chapultepec a Azcapotzalco.

En 1898, el presidente Porfirio Díaz dividió el Distrito Federal en seis prefecturas, una de ellas fue Azcapotzalco. En esa época, los porfiristas construyeron muchas mansiones estilo francés a lo largo de la avenida Azcapotzalco. En aquellos años no había energía eléctrica, drenaje ni pavimentación y persistían los barrios prehispánicos donde aún se hablaba el náhuatl y en los que se localizaban inmensos terrenos con huertas, sembradíos de maíz y alfalfa.

A principios del siglo XX se inició la urbanización de esta Delegación y su vertiginoso crecimiento comercial que continúa hasta nuestros días. En ese entonces, el mercado de Azcapotzalco surtía verduras y flores al resto de la urbe, incluso al mercado Juárez y a la Merced, por lo que formaba parte importante del comercio de la ciudad.

Los obreros de Azcapotzalco hicieron grandes aportaciones al desarrollo tecnológico, ahí se elaboró uno de los hospitales más importantes del país, La Raza, donde Diego Rivera realizó un mural que lleva por título El pueblo demanda salud.