Mexicanos en la guerra de España 2

 

Por: Héctor Perea

Dos características poco frecuentes dan una marca personal a La guerra civil española, de Hugh Thomas. el libro quizá más ambicioso que sobre esta confrontación se ha escrito. Una es la intención que el autor manifestó de romper con las informaciones falsas o incompletas, así como con los tópicos que durante tanto tiempo habían venido recubriendo la historia del conflicto. Esto daría como resultado una versión amplia y al mismo tiempo original e imaginativa de la guerra y sus participantes, de los intereses nacionales e internacionales e, incluso, de los factores pasionales que, tanto de manera inmediata como a mediano y largo plazo, influirían de manera determinante en los acontecimientos.

La otra característica del estudio es que Thomas, casi obsesivamente, a lo largo del libro iría haciendo un recuento puntual. aunque en absoluto atentatorio del enfoque objetivo, de la actividad que desarrolló el pueblo inglés dentro de la guerra civil. Soldados profesionales, pero también voluntarios comunes, poetas en gestación, autores consagrados y toda suerte de ingleses internacionales que volverían a su país o morirían en los frentes de batalla aparecen en el libro como partícipes efectivos en la defensa de la República. Todos ellos, como tantos otros españoles, europeos o americanos, por el solo hecho de haber estado allí combatiendo, brindando ayuda médica, diplomática o apoyo moral merecieron para Hugh Thomas el derecho de figurar en la historia de este conflicto que en muchos sentidos sería el laboratorio experimental de las potencias enfrentadas luego en la segunda guerra mundial.

Hoy, a más de sesenta años del ascenso al poder de la 2a. República española y del inicio de una guerra cruenta que terminaría expulsando a tantos republicanos de su territorio, valdría la pena seguir el ejemplo del historiador inglés y ver en detalle, superado todo prejuicio y lugar común, la actuación de México dentro de la España que figuraba en esos momentos en un primer plano de definición mundial. Y al decir México me refiero no sólo al gobierno cardenista o a las posturas oficiales adoptadas tras la caída de la República, sino sobre todo a las acciones de muchos participantes de este haber luchado cuerpo a cuerpo, de morir en territorio hispano o de atar los lazos políticos y humanos indispensables para el éxito del exilio inminente, pasarían a engrosar las filas del heroísmo anónimo, del individualismo sin importancia para las instancias clave o la historia gubernamental. Habló de todos aquellos que de un plumazo fueron borrados de la imagen solidaria mexicana. Que fue la suya propia, y en un primer plano.

En esta intervención mencionaré los casos de unos cuantos combatientes que dejaron documentada a través de la literatura su intervención directa en la guerra. Cabría destacar que entre civiles y militares los internacionales mexicanos distribuidos en los distintos frentes llegaron a sumar unos cuatrocientos. la mayoría desaparecidos en las acciones militares.

El jueves 27 de julio de 1937 un grupo de nueve cadetes mexicanos del Colegio Militar, que no pasaban de veinte años, decidió abandonar los estudios para ir a luchar en favor de la España republicana. Descubierto el plan por la indiscreción de uno de ellos y luego hecho público por la prensa a partir de un caudal de informaciones falsas, el grupo se vería reducido a cuatro jovencísimos aspirantes a militares. Poco después eran todos capturados entre México y Veracruz y, Juego de entrevistarse con el entonces secretario de la Defensa Nacional, Manuel Ávila Camacho, expulsados en forma deshonrosa del Colegio. Consumado lo anterior, y ya sin nada que perder puesto que todo lo habían perdido, tres de ellos decidieron partir a luchar por los ideales de la 2ª República.

Los mexicanos salieron del país con pasaportes falsos. Entraron por Francia con la intención de llegar a Cataluña. Ya en Barcelona les tocaría presenciar el primer ataque aéreo sufrido por la Ciudad Condal que, en la descripción de uno de los jóvenes, Roberto Vega González, mezcla de horror y fascinación, recuerda cierto pasaje proustiano en que el autor francés terminaba remitiendo a escenas del Greco al referir los vuelos enemigos sobre París durante la primera guerra mundial.

Para los jóvenes mexicanos ésta sería en cierta forma una experiencia iniciática que antecedió en apenas unos minutos a su salida rumbo a Valencia, sede provisional del gobierno español. El Apocalipsis proustiano se había concretado ante sus ojos, según Vega González, de la siguiente manera:

 

[1]   La anécdota recuerda la escapada de José Mancisidor y otros dos jóvenes cadetes de la Escuela de Ia Maestranza, que ocupaba parte del fuerte de San Juan de Ulúa, en Veracruz, para ir a luchar contra las fuerzas invasoras norteamericanas en 1914.

Las sombras de los tres [o sea él y los otros ex cadetes] curiosamente contemplaban las líneas de los reflectores. Se maravillaban con las explosiones de los cañones antiaéreos, que formaban en la noche oscura caprichosos fuegos de luz, con inquiero movimiento de los reflectores buscando afanosos el objetivo que sembraba la destrucción y el terror en la ciudad catalana. Las luces de bengala y el rugir de los motores, aunado todo al sonido de los disparos antiaéreos, a las explosiones de las bombas que eran lanzadas desde lo alto, formaban una música extraña y macabra mucho más atractiva en su destrucción y mucho más imponente que un sismo ... Los estallidos de las bombas se sucedían uno tras otro, y cada vez se acercaban más a las tres sombras ... Una estalló como a cien metros de distancia de los tres, derrumbando una casa ... No se movieron ... Estaban tan abstraídos en el espectáculo, que apenas si dieron importancia al asunto ... De repente allá. en la inmensidad del cielo, pudieron ver un aparato que luchaba por salir fuera de la luz de los reflectores. Inútil esfuerzo. Los cañones de altura aumentaron su potencialidad de fuego. Fueron cerrando el anillo de lumbre formado a su derredor. hasta que cayó envuelto en llamas por el suelo ... Un grito salvaje de triunfo surgió de no sé dónde, probablemente de la garganta de los tres. y una línea de fuego se proyectó sobre la ciudad.2

[2]    Roberto Vega González, Cadetes mexicanos en la guerra de España, Compañía General de Ediciones, México, 1954, p. 54.

[3]    Para el ejército era un caso deshonroso y además, había defendido los frentes españoles no como militar o cadete mexicano sino como guerrillero. El ejemplo de Conti se aproximaba mucho más al de Mina que al de los Niños Héroes de Chapultepec.

Después de un forzado contacto con la embajada de su país, los tres mexicanos experimentaron en carne propia una extraña paradoja, pues aun con el antecedente de haber sido expulsados del Colegio Militar por su actitud de indisciplina, el Ministerio de la Defensa español los nombraría tenientes del Ejército Republicano. Roberto Mercado Tinoco, José Conti Vareé y el antes referido partieron entonces de Valencia en el mismo tren con la orden de integrarse en distintos frentes a las unidades que estarían bajo su mando. El primero en separarse del pequeño grupo fue José Conti, quien al poco tiempo moriría en combate, efectivamente a la vanguardia de su contingente y sin que en la historia de México se le reconociera como a un cadete heroico.3 En Alcázar de San Juan, lugar de nacimiento de la poeta mexicana Isabel Prieto de Landázuri, fue donde los otros dos se separaron.

A diferencia de algunos escritores mexicanos que habían pasado bajo distintas circunstancias -como diplomáticos, exiliados o viajeros- por España, y más en consonancia con la postura anti intelectual del carrancista Francisco L. Urquizo, Roberto Vega González describió en su libro, además de la guerra vivida por dentro, muchas de las costumbres populares llevadas a cabo en torno al conflicto. La narración de la vida que se desarrollaba en Valencia, Manzanares y otros sitios, Vega González la fue contrastando con la de la guerra en frentes como el de Teruel, donde le tocó participar activamente.

Los detalles aterradores, ya no proustianos sino goyescos, fueron ensombreciendo el estilo del autor. Muchas de las escenas bélicas, de rapiña y miseria humanas alcanzan en sus páginas tal riqueza y tremendismo literario que resultan equiparables a las mejores de Los de abajo o El águila y la serpiente, de Azuela y Guzmán, así como al anticipo hispano y en imágenes de estos libros: la serie gráfica los Desastres de la guerra.4 Como en el caso de Guzmán, Vega González supo transmitir al lector la experiencia vista pero sobre todo aquella vivida efectivamente no sólo por él sino también por otros mexicanos, como el coronel Juan B. Gómez, comandante de una brigada en Madrid y luego de la 115 de Pozo Blanco, en donde también combatió el muralista David Alfaro Siqueiros.

[4]   Valga una escena para comprobarlo: "Fue muy comen todo el caso de un soldado marroquí -Los defensores de lo civilización española, como ha dicho Franco. “Llegó herido del frente a un hospital de retaguardia. Las heridas que tenía no le impedían no perder de vista un sucio saco. A tal grado lo cuidaba que cuando alguien se acercaba a él. gruñía como lo hacen los perros cuando les quieren arrebatar su presa. Al cabo de algunos días, la sala del hospital se encontraba llena de un hedor insoportable, con la consiguiente preocupación de médicos y enfermeras que buscaban la causa de esa hediondez. Después de mucho buscar en todas partes a alguien se le ocurrió hacerlo en el sucio saco del moro. y se encontró dentro ... la cabeza descompuesta de un ser humano que, como única particularidad, tenía una hermosa dentadura de oro” (Roberto Vega González. op cit. p. 84).

 

Durante un ataque sorpresa, y después de haber comandado una arriesgadísima acción de vanguardia, Vega González repetiría la actitud humana adoptada por Vicente Riva Palacio en tiempos de la invasión francesa en México al ordenar que la asistencia médica se diera por igual entre "amigos y enemigos sin distinción".5 Al poco rato, señalaba el ex cadete, "un montón de cadáveres quedó solamente como testigo mudo de aquella pelea" entre nacionales y republicanos. Vega González padeció en España lo que en España había sufrido otro compatriota suyo, el padre Servando, y, junto con otros internacionales, cayó prisionero de las tropas franquistas. Bajo esta condición recorrería varias cárceles del norte peninsular. Y en alguna de éstas fue torturado. Por rojo, pero también por representar al México cardenista, Vega González estuvo a punto de morir fusilado. Este hecho motivaría la publicación en julio de 1939 de un "Romance del mexicano condenado a muerte en España", del autor español J. Viró Domenech, y del que transcribo un fragmento:

 

Roberto Vega González,

rayo del sol mexicano,

por darle calor a España

¡a muerte te condenaron!

 

Cárcel de Valdenoceda,

en el Burgos pretoriano,

bajo cenojos te tienen

atado de pies y manos.

 

Sobre las húmedas losas

del pavimento enlodado,

entre sombras retorcidas

y hedores de camposanto,

gime tu cuerpo mordido

por los chacales de Franco.

 

Roberto Vega González,

alma y cuerpo mexicano;

en las venas sangre roja

del noble león hispano;

con dentelladas feroces,

con un trato infrahumano,

estás purgando el delito

de ser revolucionario [ ... ]6

 

Gracias a la protesta de gobiernos como los de México, Francia. Cuba y Estados Unidos se logró el indulto del condenado a muerte. Pero aún que daba al ex cadete mexicano pasar por un batallón disciplinario y, antes, por el campo de concentración de Miranda de Ebro,7 donde además de españoles republicanos Vega González se encontraría con otros tantos coterráneos de los que difícilmente se descubrirá algún rastro en la historia de la guerra civil.

Otro de estos combatientes sin reconocimiento por parte del gobierno de México, aunque condecorado con la Orden de la Liberación de España por el de la República en el exilio, pensionado por el actual gobierno español y autor de lo demás es silencio, libro sobre las Brigadas Internacionales, es Juan Miguel de Mora. Él, como Octavio Paz, los representantes de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR) o Vega González, vivió los bombardeos a Barcelona. Pero también, y a diferencia de los artistas e intelectuales siempre aludidos, si en papel de periodista fue testigo de la batalla del Ebro, como combatiente sería miembro de la XV Brigada Internacional y comisario de una de las compañías que protegieron la evacuación de los refugiados bajo la metralla de los aviones nacionales. Después de conocido todo lo anterior, cabría destacar las edades de los combatientes mexicanos.

En consonancia con la juventud de los ex cadetes, De la Mora tema entonces 17 años; pero ya desde los 13 había buscado luchar por los intereses de la 2ª República.8

Néstor Sánchez, oaxaqueño enrolado en el ejército de su país a los 14, periodista también y autor de otro libro fundamental sobre el tema, Un mexicano en la guerra civil española y otros recuerdos, contaba con 18 años cuando decidió salir junto con un amigo, que moriría en el frente, rumbo a la península. En sus memorias do la guerra, y en un tono que recuerda de inmediato El águila y la serpiente y los diarios y artículos de Alfonso Reyes y Luis G. Urbina, Néstor Sánchez describiría la situación suya y de su acompañante-y que era la misma sufrida por otros inminentes brigadistas que viajaban para luchar por la libertad- como de "delincuentes libres".9

Paradoja extrema, ante los peligros del espionaje nazi-fascista y las ambigüedades del gobierno mexicano. nadie debía saber a dónde se dirigían los viajeros ni, mucho menos, por qué motivo iban a España. Y esto, aun cuando todos los que los rodearan fueran, con certeza y bajo sospecha, compañeros futuros de brigada.

Gracias a testimonios dispersos, como los de Vega González, el oaxaqueño o la hispanomexicana Carlota O'Neill, 10 podemos ubicar la participación en el conflicto de otros mexicanos. Casi todos, repito, muertos en combate.

Néstor Sánchez refiere, por ejemplo, la presencia en el frente de Tito Ruiz, juchiteco que comandaba una compañía de alemanes; así como la de, en sus palabras, "un tal Bautista", ex combatiente de las fuerzas villistas que "nomás porque le caía bien el presidente Azaña" se había ido a la guerra "a entrarle a los cocolazos".11

Además de testigo, como Miguel de la Mora, combatiente efectivo en la famosa batalla del Ebro, y al igual que otros escritores mexicanos lo habían hecho de la España de entreguerras, Néstor Sánchez consiguió transmitir a través de su crónica los distintos matices que adoptaría la psicología del

brigadista y, en general, de todo republicano comprometido a fondo con la causa. Para finalizar este comentario que apenas roza el asunto, leeré, no la descripción tópica de la guerra, sino una mucho más chispeante y original, escrita por este partícipe olvidado por el mismo gobierno cardenista que tan bien acogería al exilio republicano poco después. De hecho, este fragmento de corte casi nai'f es un cuento breve. Y más que un drama de la guerra parece una parodia. Un guion virtual que podría haber filmado Luis García Berlanga. Escribió Néstor Sánchez:

 Y llegó lo hora “cero”. Era una acción de comandos.

Mi reloj sincronizado me lo anunció así y, sin chistar palabra. A señas en aquella obscuridad terrible arrastramos la lancha hasta el borde del río atravesando en medio de dos nidos de ametralladoras de los nuestros que nos protegerían si fuera menester.

Chapoteó al caer al agua y temblé, pensando lo peor, pues a cien metros. agua de por medio, nos apuntaban docenas de ametralladoras y centenares de fusiles enemigos.

Subimos. “En el nombre de Dios”, exclamó suavemente el sargento García. y comenzamos a remar con nuestros propios fusiles. La obscuridad era brutal A lo lejos el tableteo de rutina de alguna ametralladora, en el frente tranquilo.

No sabía si avanzábamos, pero podíamos ir navegando hacia ser acribillados si el enemigo hubiera advertido nuestra atrevida acción.

Antes de alcanzar la ribera opuesta, la lancha zozobró y tuvimos que brincar. sigilosamente, fusil en mano y granadas listas, pisando ya terrenos del enemigo.

Cuando recibí la orden para esta misión, todavía con buena luz, estuve observando con los binoculares de antena el lugar exacto al que habríamos de dirigimos: un espeso viñedo hasta una “masía” (casita de campo rústica) donde era seguro que hubiera soldados enemigos desprevenidos.

Nuestra misión, dije a mis soldados luego que desembarcamos, consiste en capturar prisioneros, de ser posible sin lucha, y regresar inmediatamente a nuestras líneas con ellos, que darán importantes informes al puesto de mando.

Arrastrándonos, sin hacer ruido, llegamos hasta la "masía". penetramos y había allí soldados durmiendo. Ponce. con voz ronca. fingiéndose sargento de ellos, dio órdenes.

¡Venga! ¡Venga ya! ¡Levantaos que salimos de patrulla!

Y medio dormidos se levantaron tres soldados enemigos que nos siguieron con todo y fusiles.

Arrastrándonos llegamos nuevamente al río, embarcamos y nerviosísimos. volvimos a nuestras líneas sin que hubiera necesidad de que entraran en acción las ametralladoras Maxim.

Los prisioneros al pisar tierra republicana, descubriendo que habían sido víctimas de nuestra audacia. quisieron actuar, pero pronta los sometimos conduciéndolos al Cuartel General de la División, sin pérdida de tiempo.

Interrogados, fue mucha la información que obtuvo nuestro Estado Mayor, datos valiosos para intentar el paso más allá del caudaloso Ebro, operación la más brillante pero también la más sangrienta de la guerra española.

Por lo que corresponde a esta ocasión, únicamente junto con mis voluntarios me cuadré satisfecho ante Edward Molojest, el comandante de mi brigada y le dije:

¡Misión cumplida, mi comandante!12

[7]    Una obra cercana a Ia versión que dio Vega González sobre la vida dentro de Miranda de Ebro es Entre alambrada, (INRA, Pangea Editores. México, 1987), diario personal en el que Eulalio Ferrer habló de los campos de concentración franceses.

[8]    Arturo Mendoza Mociño, “Juan Miguel de Mora Vaquerizo. 'Para vivir mucho hay que ir a la guerra. Reforma, 8 de mayo de 1997. Sección D. p.I.

[9]    Néstor Sánchez Hernández, Un mexicano en la guerra civil española y otros recuerdos. Carteles Editores. Oaxaca. 1997, p. 106.

[10]  Carlota O'Neill, Una mexicana en la guerra de España, Populibros. núm. 61, La Prensa. México. 1964.

[11]  Néstor Sánchez, op. cit. p. 154.