Manuel Noriega el dictador panameño, el dictador de la CIA que sabía demasiado

Manuel Noriega, el dictador panameño que trabajó con los narcos y la CIA.

Noriega fue juzgado en Miami por blanqueo de dinero y el tráfico de drogas y condenado a 40 años de prisión en un juicio en el que no se admitieron las pruebas que lo relacionaban con la inteligencia estadounidense y el presidente George Bush

"El culebrón de … Noriega representa uno de los más graves fracasos en política exterior de Estados Unidos", concluyó el Senado estadounidense. EFE

Simon Tisdall

En octubre de 1989. Al otro lado de las rejas, una mujer solloza desconsoladamente. Desconoce el paradero de su marido, un oficial que ha participado en la intentona del golpe de Estado de la noche anterior en Panamá, con el objetivo de derrocar a Manuel Noriega.

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Más tarde se sabría que su marido y otros golpistas habían sido fusilados sin contemplación. Protegen el cuartel general unos matones paramilitares fuertemente armados, que integran los temidos Batallones de la Dignidad. Un grupo de simpatizantes grita e insulta al entonces presidente de Estados Unidos, George H. W. Bush. Es entonces cuando, sin previo aviso, Noriega, el temido dictador, jefe de espionaje y “líder supremo”, aparece en la puerta del cuartel, vestido con ropa militar, con la cabeza cubierta con una gorra de béisbol roja y luciendo sonrisa.

 “¿Quién lo ha hecho? ¿Quién lo ha hecho?”, preguntan los periodistas desde el otro lado de la reja. Quieren saber quién está detrás del intento golpista. “Los estadounidenses, las pirañas. Quieren terminar con Panamá”, les espeta Noriega. Y entonces, como si temiera que los yanquis lo volvieran a intentar, “cara de piña” (como se lo llamaba, por la piel de su rostro plagado de marcas) volvió a entrar en la comandancia.

Noriega, que murió a los 83 años, tenía motivos para estar nervioso. Esa intentona de golpe fue un punto de inflexión y marcó un antes y un después en la relación de Washington con un hombre al que había ayudado a llegar al poder, que se convirtió en un importante activo para la CIA durante la Guerra Fría y en un mediador clave en las guerras sucias de Centroamérica pero que, más tarde, se convirtió en un monstruo que los responsables de los servicios de inteligencia ya no podían controlar. Noriega ya no les era útil sino todo lo contrario; ahora los dejaba en evidencia. Así que Bush lo convirtió en el hombre más buscado de Estados Unidos.

Tras el golpe, Noriega impulsó una dura ola de represión, amenazó al personal estadounidense que vigilaba el Canal de Panamá y declaró que el país se encontraba en “estado de guerra” contra Estados Unidos. Bush reaccionó. Las sanciones económicas y la diplomacia habían fracasado y el control sobre el canal, de una importancia económica y estratégica clave, se veía amenazado. Además, Noriega sabía demasiado.

La captura de un antiguo aliado

En diciembre de 1989, Bush ordenó al general Colin Powell, que por aquel entonces presidía el Estado Mayor Conjunto, que impulsara la operación 'Causa Justa' y desplegó a 26,000 soldados sobre terreno, en lo que fue una primera muestra de la “doctrina de fuerza abrumadora” que más tarde Powell también pondría en práctica en la primera Guerra del Golfo.

La invasión fue rápida y con relativamente poco derramamiento de sangre, si bien se sigue cuestionando la cifra de civiles muertos en el barrio de Chorrillo. Se instauró un gobierno pro estadounidense y Noriega fue capturado después de un asedio insólito en la embajada del Vaticano en la ciudad de Panamá, donde se había refugiado. El ejército de Estados Unidos utilizó altavoces para atacar el edificio con música rock a todo volumen hasta que Noriega (y también el nuncio papal) no lo pudieron soportar y se vieron obligados a salir. Pese a las peticiones de que Noriega fuera juzgado en Panamá, el último dictador de América Latina se evaporó en el extranjero. Los estadounidenses lo hicieron desaparecer.

Dejando de lado las consideraciones de derechos humanos y de seguridad, Bush tenía muchos motivos personales para hacerlo desaparecer. Bush había dirigido la CIA y durante los dos mandatos de Ronald Reagan fue el vicepresidente del país. Bush estaba implicado, debido a su vínculo con Noriega, en operaciones, a menudo ilegales, en las guerras civiles de El Salvador y Nicaragua. Durante ese periodo, Noriega, que fue ascendiendo hasta convertirse en el responsable de las fuerzas de seguridad de Panamá, se convirtió en una fuente bien pagada y en un importante activo de la CIA.

Noriega ayudó a Estados Unidos a frenar la influencia de Cuba, y por tanto de la Unión Soviética, en la región. Actuó como mediador entre las fuerzas rebeldes apoyadas por Estados Unidos y el gobierno sandinista de izquierdas de Daniel Ortega y entre el gobierno salvadoreño y los rebeldes. Los escuadrones de la muerte, las muertes indiscriminadas y la tortura fueron algunos de los elementos comunes de estos conflictos sanguinarios. Noriega también tenía un fuerte vínculo con el cártel de Medellín de Pablo Escobar.

Condena por narcotráfico

Utilizó dinero procedente del narcotráfico para comprar armamento, pagar a los combatientes y sobornar a funcionarios del Gobierno. Más tarde, Noriega alegó que fue precisamente su negativa a proporcionar armas al teniente coronel estadounidense, Oliver North, uno de los responsables de la guerra sucia en Nicaragua, lo que hizo que Estados Unidos decidiera terminar con él.

North fue el infame jefe de operaciones secretas de la Casa Blanca y una figura clave en el escándalo Irán-Contra –o Irangate– que sacudió la presidencia de Reagan. Noriega conocía las operaciones de Estados Unidos en Centroamérica al detalle y tenía la capacidad de poner al país en una situación muy delicada. Afirmó que se había reunido con Bush en más de una ocasión. Durante la campaña presidencial de 1988, Michael Dukakis, el candidato demócrata, atacó a Bush por su “estrecha relación con el rey de las drogas panameño Noriega”. Cuando Bush, ya como presidente, impulsó su “guerra contra el narcotráfico”, los republicanos mostraron preocupación por las posibles y embarazosas contradicciones.

En 1988, en el contexto del escándalo Irán-Contra, un comité del Senado llegó a la conclusión de que “el culebrón de … Noriega representa uno de los más graves fracasos en política exterior de Estados Unidos. Durante los años setenta y ochenta Noriega tuvo la capacidad de manipular las políticas de Estados Unidos en Panamá y, al mismo tiempo, hacerse con un control absoluto sobre el país. Resulta evidente que todas las agencias del Gobierno estadounidense que se relacionaron con él optaron por hacer la vista gorda e ignorar su vinculación con la corrupción y el narcotráfico. Permitieron que Noriega fundara la primera narco-cleptocracia del hemisferio”.

Dos años después de ser derrocado, Noriega fue juzgado en Miami. Sentado en el banquillo, día tras día, ya solo era la sombra de ese dictador pomposo que se había pavoneado delante de la comandancia. Noriega fue hallado culpable de una serie de cargos entre los que se incluía el blanqueo de dinero y el tráfico de drogas y fue condenado a 40 años en una cárcel de máxima seguridad. El tribunal no permitió que los abogados de Noriega presentaran pruebas para demostrar que la CIA estaba detrás de sus acciones, que había recibido dinero del Gobierno de Estados Unidos, que conocía las operaciones que EEUU había impulsado en Centroamérica, y que tenía contactos con altos cargos como Bush y que, además, estos estaban informados de las decisiones que había tomado durante la dictadura.

Sus abogados protestaron en vano. En muchos aspectos, el proceso judicial que tuvo lugar en Miami tuvo elementos en común con algunos procesos de la Europa del Este. Nadie dudó nunca de cuál iba a ser la sentencia.

Bush consiguió atrapar a su hombre. Noriega fue silenciado.

Los episodios más infames de las operaciones de Estados Unidos en Centroamérica nunca salieron a la luz y el concepto de cambio de régimen justificado y a la fuerza salió fatalmente reforzado.

La corrupción bajo su mandato llegó a tal punto que un subcomité del Senado estadounidense aseguró que Noriega creó “la primer narco cleptocracia del hemisferio” y se refirió a él como “el mejor ejemplo reciente” de cómo un líder extranjero puede manipular a Estados Unidos en contra sus intereses.

“Mi gánster”

Criado en el duro barrio capitalino de San Felipe, muy cerca de la zona del Canal controlada entonces por Estados Unidos, Noriega fue criado por unos amigos de la familia.

El joven mulato, apodado “cara de piña” por un severo acné juvenil que le dejó la cara plagada de cicatrices, era pobre pero astuto. Con ayuda de un hermanastro se unió a los militares y logró graduarse en la Escuela de las Américas de Estados Unidos, considerada por grupos de derechos humanos como una escuela de dictadores.

Su experiencia creciendo en las calles y un carácter despiadado, según sus allegados, le dieron una inclinación temprana hacia las operaciones de guerra psicológica.

Ávido lector de líderes asiáticos, desde Mao Zedong a Ho Chi Minh, pasando por el cacique mongol del siglo XIII Gengis Khan, Noriega entró en los pasillos oscuros del poder cuando fue nombrado jefe de inteligencia militar por Omar Torrijos, quien dio un golpe de Estado en 1968.

Su misión era dirigir a la feroz policía secreta, orquestando la desaparición y tortura de oponentes políticos, mientras supervisaba los corruptos negocios de los militares, por lo que Torrijos se refería a él como “mi gángster”.

A principio de la década de 1970, Noriega comenzó a colaborar a sueldo con la CIA, permitiendo instalar puestos de escucha en Panamá y utilizar al país como base para ayudar a las fuerzas pro-estadounidenses contra las guerrillas izquierdistas en El Salvador y Nicaragua.

Noriega utilizó esa información para manipular tanto a sus jefes panameños como estadounidenses para su propio beneficio, que incluía impulsar un floreciente negocio del narcotráfico.

Noriega se convirtió en gobernante de facto de Panamá en 1983, dos años después de la muerte de Torrijos en un accidente de helicóptero. Para ese entonces ya trabajaba con capos colombianos de la droga a cambio de millonarios sobornos.

Aunque los funcionarios estadounidenses sabían de sus operaciones criminales desde 1978 y para 1983 tenían suficientes evidencias en contra de Noriega, según testimonios oficiales, Washington no actuó porque Panamá era visto como un cortafuego frente al avance del “comunismo” en Centroamérica durante la Guerra Fría.

Nadando Con Tiburones

Sin embargo, las tensiones con Estados Unidos comenzaron a escalar en 1985, cuando Noriega desconoció a Nicolás Ardito Barletta, el primer presidente democrático en 16 años, tras unas elecciones que había puesto Washington como condición para devolver el control del estratégico Canal al país.

Mientras, Noriega urdía intrigas, dando apoyo encubierto al líder cubano Fidel Castro y al coronel libio Muammar Gaddafi, o colaborando con Pablo Escobar para traficar cocaína a Estados Unidos y lavar dinero a través del sistema bancario panameño.

 “Estaba nadando con un montón de tiburones”, dijo Richard Koster, coautor de “En Tiempos de Tiranos”, sobre las dictaduras militares panameñas. “Llegó al punto donde sus actividades como representante de los carteles del narcotráfico entraron en conflicto con sus actividades como hombre de Estados Unidos”.

Entre 1970 y 1987, Noriega apareció en 80 archivos distintos de la Dirección de Control de Drogas de Estados Unidos (DEA, por su sigla en inglés). Pero hasta ocho semanas antes de que Noriega fuera imputado, la agencia todavía decía que no había evidencia suficiente en su contra.

En febrero de 1988, Noriega fue finalmente imputado con cargos federales por tráfico de cocaína y lavado de dinero, y el Congreso de Estados Unidos impuso sanciones económicas a Panamá para incrementar la presión.

Sin embargo, Noriega se resistió a dimitir y en diciembre de 1989, la Asamblea Nacional lo nombró “máximo líder” y declaró a Estados Unidos y Panamá en “estado de guerra”.

El 20 de ese mes, tropas estadounidenses invadieron Panamá en la operación “Causa Justa” atacando los cuarteles del Ejército y peinando la ciudad para encontrar a Noriega, quien se había refugiado en la embajada del Vaticano.

Las tropas sitiaron la sede diplomática y forzaron a Noriega a entregarse el 3 de enero de 1990 utilizando las mismas técnicas psicológicas que una vez tanto admiró: haciendo sonar a todo volumen música de rock y rap, que el dictador aseguraba detestar, 24 horas al día.

Para algunos analistas, la invasión del istmo, que causó miles de víctimas, marcó la pauta para las intervenciones estadounidenses de la post Guerra Fría como en Irak.

En 1992, Noriega fue sentenciado a 40 años de prisión por un tribunal de Florida. En el 2010 fue extraditado a Francia, donde había sido condenado por lavado de dinero.

En memorias escritas en prisión, Noriega se describe a sí mismo como un héroe nacionalista y dijo que la invasión se debió a su negativa a seguir a pies juntillas las órdenes de Estados Unidos en América Central.

 “Todo lo que se hizo en la República de Panamá bajo mi comando era conocido (por Estados Unidos)”, llegó a decir desde prisión.