Nazis en México

(tomado de Café, espías amantes y nazis)

Articulo Original de Paco Ignacio Taibo II/La Jornada

I. Dietrich el corruptor

Había llegado a México en 1924 como tantos otros europeos emigrados después de la Primera Guerra Mundial a la busca de fortuna. Se llamaba Artur Dietrich y nunca perdió el acento alemán del que se enorgullecía.

A su llegada a nuestra tierra trabajó como administrador de un rancho de un paisano suyo en Hidalgo y se casó con una ciudadana alemana de nombre Felicia. Las primeras noticias que colocan a este personaje en el espacio público no son muy constructivas: fue acusado de golpear a su mujer cuando se emborrachaba y terminó dando en la cárcel a causa de un fraude que cometió.

Sorprendentemente en 1935, tras el ascenso al poder en la Alemania de los nazis, se convirtió en diplomático. Habiendo sido en 1933 fundador del Partido Nacional Socialista Alemán, integrado por súbditos germanos que vivían en México, en el mes de abril del 35 fue nombrado agregado de prensa de la embajada alemana. Para esa época vivía en el barrio de Mixcoac, de la ciudad de México, en donde se había instalado tras su salida de la cárcel.

Se decía que su ascenso a este importante cargo se debía a que era pariente de Otto Dietrich, jefe de propaganda del partido nazi en Alemania y mano derecha de Goebbels.

A pesar de que su cargo obligaba a un comportamiento diplomático, Dietrich tenía frases muy despreciativas hacia los mexicanos en general y hacia nuestros políticos en particular. En los expedientes de Gobernación queda el registro de una conversación privada en la que dijo, hablando del general Cárdenas, que le estorbaban los zapatos, porque sólo sabía de huaraches o botas de montar; y declaraba con frecuencia que México era un país de esclavos, vagos y ladrones.

En los primeros meses de su gestión mantuvo relaciones con los Camisas Doradas del general Nicolás Rodríguez, y en buena medida las proclamas antijudías y anticomunistas de Rodríguez se debían a la mano de Dietrich. Se relacionó con todos los grupos de ultraderecha que pululaban en aquellos años en nuestro país, recalentados por las medidas progresistas del cardenismo. Para todos tuvo consejos y centavos.

Pero no era este su principal trabajo. Usando los recursos abundantes de la secretaría de prensa, instaló sus oficinas en la calle de Viena número 17 y comenzó a intervenir en los medios informativos mexicanos. En ese mismo año de 1935 fundó un periódico, La Noticia, que maneja a través de prestanombres mexicanos. Este periódico, que no llegó a pasquín, no hubo de adquirir mayor influencia entre los lectores, pero le sirvió para poner en nómina a varios conocidos periodistas.

Dietrich pasó dos años fuera de México. Aprovechando los conocimientos que tenía del idioma fue enviado por el gobierno alemán a España en el periodo de la Guerra Civil, con la misión de imponer entre la comunidad alemana local y los grupos de la Legión Cóndor el apoyo irrestricto a Franco en sus conflictos con una parte de la Falange.

A su regreso volvió a hacerse cargo de la oficina de prensa e intensificó las labores de relación con periodistas y revistas. Hay plena constancia del dinero que a través suyo llegaba al doctor Atl para la publicación de folletos antijudíos, del fuerte apoyo económico que se le daba a la revista Timón de Vasconcelos, de su íntima relación con la revista Hoy a la que financió directa e indirectamente a través del reportero José Pagés al que pagó viajes, hoteles de primera y bonos y al que indujo a estar recorriendo el planeta entrevistando a personajes del fascismo internacional.

No hay duda de que tenía las manos bien metidas en la segunda edición de Ultimas Noticias, y aunque no se ha podido precisar si su relación era a través de Rodrigo de Llano, con el que comía con frecuencia, pagando Dietrich, claro, en restaurantes de Reforma, no hay duda de que la embajada alemana contaba con una tremenda influencia en ese diario y en el enfoque de las noticias. No menos importante ha sido su influencia sobre Luis Novaro, propietario de La Prensa. No es casual la manera absolutamente favorable al expansionismo nazi como se reportó en la prensa mexicana la anexión de Austria o como se criticaron las intervenciones de México en la conferencia de Evian, donde se acordó la protección de refugiados.

Dietrich logró impregnar de germanofilia la prensa mexicana durante cinco años. En esta labor no sólo influyó el dinero que entregaba generosamente a periodistas y directores de medios informativos, sino la manera como favoreció las importaciones de papel sueco vía Alemania para las prensas mexicanas o la venta con generosos créditos de rotativas y maquinaria de composición alemana a los periódicos mexicanos.

Tenía libre entrada en el despacho de los directores de casi todos los diarios nacionales, mantenía en nómina a periodistas; le debían favores los dueños de las revistas más importantes de México y ejercía una importante influencia en radiodifusoras, particularmente a través de Azcárraga, en la XEW. No es pues de sorprender que a pesar de que las agencias informativas en uso por nuestra prensa que dieron seguimiento a los primeros acontecimientos de la guerra mundial fueran estadunidenses, la información que aquí circulaba fuera claramente germanófila. Nuestra prensa dio por buena la explicación oficial de la intervención nazi en Polonia, de las provocaciones de los Sudetes, o la versión nazi de la marcha triunfal de Hitler en Austria.

Dietrich había organizado a los industriales alemanes en México en un consorcio que utilizaba para presionar a la prensa a través de la oferta o la negativa de dar publicidad. Dado que la colonia alemana tenía importantes inversiones en la industria química, farmacéutica, en máquinas de escribir, calculadoras y equipo fotográfico, su método resultó muy efectivo.

Hasta que estadunidenses e ingleses empezaron a aplicarlo de la misma manera. Durante los primeros meses del año de 1940, la presión de los aliados creció y la efectividad de Dietrich fue disminuyendo.

En vísperas de la elección, el 11 de junio de 1940, la Secretaría de Gobernación, por instrucciones directas del Presidente, el general Cárdenas, decretó una orden de expulsión contra Artur Dietrich, en su calidad de ''extranjero indeseable", paralelamente a una orden de clausura de la revista Timón.

Tanto pesó su figura en nuestros medios, que aunque su infraestructura se desmoronó en pocos meses, el personaje fue sujeto de rumores sin ningún fundamento de que dos años más tarde había regresado a México y estaba actuando bajo seudónimo y de manera clandestina.

Dejó detrás de sí consolidadas algunas prácticas que habrían de acompañarnos a los mexicanos lamentablemente durante muchos años: el embute, el chayote, la compra de intelectuales, el uso del papel y la publicidad para controlar los diarios, y los desayunos de ''negocios".

II. Atl, de pintor de volcanes a perseguidor de judíos

De Gerardo Murillo, también conocido como Doctor Atl, se podían decir muchas cosas, pero desde luego no que fuera un personaje políticamente coherente. Había recorrido la turbulenta historia del México contemporáneo dando vaivenes de izquierda a derecha, mientras construía una fama basada en su indudable talento como pintor, su dudoso ingenio como periodista y su muy discutible valor como novelista.

Al final de los años treinta, un furibundo giro lo lanzó a la derecha más conservadora; miembro activo en el 39 del Comité Revolucionario de Reconstrucción Nacional, esa organización que era casi un puro membrete para combatir al cardenismo y promover el pensamiento conservador, le otorgó el cargo de secretario de propaganda. Fue entonces cuando el pintor entró en contacto con Artur Dietrich, jefe de prensa de la embajada alemana.

Las relaciones, que se iniciaron con potentes desayunos, elogios del alemán al talento desperdiciado del pintor, terminaron con el Doctor Atl a sueldo de la embajada alemana cobrando en cheques del Banco de Londres y México o en sobre con billetes que le daba en mano Dietrich para actuar como intermediario con partidos políticos conservadores mexicanos.

El doctor se empeñó en iniciar una cruzada mundial de carácter ideológico apoyando al fascismo y entabló relaciones también con la embajada italiana que le financió la edición del folleto Italia, en cuyo prólogo se dice de Atl, que sería electo presidente de la República por aclamación si se lo propusiera, y en el que Atl en reciprocidad, se deshace en loas baratas a favor de Mussolini, ''defensor del símbolo italiano de la civilización".

A partir del inicio de la guerra en Europa, Atl se mostró muy activo escribiendo varios folletos por encargo de la embajada alemana. Quizá el más logrado se titulaba Paz germana o paz judaico británica, y en él se habla de Hitler como de un hombre de ''extrema fuerza biológica al amparo de las fuerzas históricas, que ha salvado a Alemania del desastre". Entre las barrabasadas de ese folleto se encuentra una definición del nazismo como una nueva forma de aristocracia, equiparable a la propia ''vocación aristocrática" de Atl.

Dietrich alimentó en Atl una nueva pasión, el antisemitismo. Y la alimentó económicamente editando un nuevo folleto del doctor titulado Los judíos sobre América, que contiene algunos párrafos dignos de una antología del absurdo: ''Rascad un judío y saldrá un comunista. Todos los judíos son comunistas, desde los miembros de la más alta banca, de la industria, de la sinagoga, de la política, hasta los que ocupan modestos puestos en organizaciones de trabajadores."

Gerardo Murillo tenía en esos momentos 67 años y era reconocido como un pintor de talento, había publicado varios libros de relatos, material de divulgación científica de dudosa calidad y en los últimos años se interesó en los volcanes, en particular estaba escribiendo sobre el Popocatépetl; por cierto, que la conexión alemana permitía que sus artículos se publicaran en Alemania en una revista especializada, Zeitschrift Fur Vulkanologie, editada en Berlín.

La deportación de Dietrich dejó al doctor Atl sin financiamiento, aunque mantuvo intacto su racismo neonazi y podía vérsele los días festivos recorriendo las calles del primer cuadro de la ciudad de México con su contrahecha estampa y cojeando fuertemente, como un maniático tomando nota de propietarios de comercios y tiendas, destacando en sus preguntas si se trataba de judíos: ¿Cuál era su credo religioso y su nacionalidad? ¿Cuántos años de residencia tenían en México? Afortunadamente, de su memoria, queda su pintura.

III. El café ''mexicano''

En una franja de 140 kilómetros de largo y entre 15 y 35 kilómetros de ancho, entre el Pacífico y la Sierra Madre del Sur, en el trópico húmedo al sureste de los surestes; en un territorio que aún es México, aunque algunos dicen que es el culo del mundo y otros dicen que no existe, casi en el rincón del estado de Chiapas haciendo frontera con Guatemala, se encuentra la región del Soconusco, zona aislada y despoblada en el inicio de los años cuarenta, falta de carreteras y puertos, condenada a ser la periferia de la periferia.

Aquí una simple influenza, un sarampión, una tosferina traídas sin querer por los conquistadores arrasaron con los naturales. Guatemaltecos y mexicanos se mataron por esta región, que ninguno de ellos quería, con particular saña. En nombre de mil razones, todas ellas siniestras, razones de patriotismo barato, oscuros intereses comerciales, explotación bárbara, codicia desmedida, se ha asesinado, esclavizado y expoliado con furor por estos lugares.

Hay cierta maldad en la tierra, que se desquita de las salvajadas que los hombres han hecho sobre ella. Matías Romero, ex ministro de Hacienda juarista trató de colonizar estos lares y nunca encontró la mano de obra; introdujo el café y no halló cómo cosecharlo, hizo de esto una obsesión y fracasó con ella. Su finca, que llevaba el nombre de Juárez, en el límite de los símbolos, fue incendiada por órdenes de un presidente de Guatemala.

Pero el café se quedó como un rumor en la tierra y en el deseo de que algunos hombres tienen de ella desde la tercera mitad del siglo XIX.

En las dos vertientes de la zona montañosa, descendiendo desde los mil 200 metros, se sembraba el arbolito de hojas oscuras, flores blancas y fruto en forma de pequeñas bolitas rojas; un árbol que necesita sombra y clima húmedo, cuyo fruto será más tarde secado al sol, tostado, molido y luego bebido en infusión a lo largo del planeta. Los gringos de la Land Company pensando en explotarlo trajeron en condiciones de esclavitud a 300 kanakas de las Islas Gilbert; los importaron a estas tierras como animales, bajo engaños y poco más tarde una epidemia de viruela acabó con todos. Sus fantasmas tristes pueblan el Soconusco.

En 1896 apareció por la región Gissemann, empleado de una casa comercial de Hamburgo con sede en Guatemala que prefirió irse a la aventura en solitario y abandonar el confort de la burocracia. Tras él llegó su esposa, una sirvienta también alemana que algo sabía de ordeñar las vacas, y un piano. Su alianza con Wilhem Sticker en 1902 permitió que el capital alemán comenzara a fluir y crecieron las fincas cafetaleras. Los patrones se apellidaban: Luttmann, Pohlenz, Edelmann, Kahle, Henkel, Ziegler, Schlotefeldt, Langhoff, Furbach, Dietze, Widemaier.

No bastaba con cultivar el café. Los finqueros alemanes se relacionaron con casas comerciales de Hamburgo, Bremen y Lubeck e hicieron del pueblo de Tapachula su capital. Pronto hubo tres paisajes: por un lado, una selva semitropical, ácida y llena de misterios, fantasmas y serpientes; por otro una zona simétrica y ordenada, geometría de las cosechas del fruto rojo, con sembradíos en terrazas e interminables hileras de cafetales; finalmente un pueblo de aluvión lleno de aventureros y parias, con todo y una lavandería de chinos, una casa cambiaria de un ex preso inglés, un prestamista ucraniano, un sastre catalán, seis cantinas.

El café chiapaneco comenzó a moverse hacia el mundo por extrañas rutas sin llegar a los mexicanos y junto con él una serie de rumores, de ésos que suelen acompañar a un alimento cuando se pone de moda: aumentaba la energía, era bueno para la digestión, moderaba la histeria, propiciaba la conversación, despertaba a los dormidos y hacía coherentes a los insomnes. De las haciendas alemanas era transportado en recua de mulas a los pequeños puertos guatemaltecos de Ocós, San José o Champerico, donde vapores de líneas alemanas lo transportaban hacia Hamburgo y al puerto de Bremen. Mientras Tapachula se multiplicaba con su aire desgarbado de campamento minero y el café era un orillo rojo que repartía fortuna, Bremen prosperó y creció con su barrio de ladrillos art decó debido a la genialidad del arquitecto Hoetger y al dinero del fundador de la Hag Company en 1906 e inventor del café descafeinado, su mecenas Ludwig Roselius, controlador de las redes del café mexicano en Alemania.

Gracias a la estructura comercial de Roselius el café chiapaneco adquirió fama en toda Europa; era más fino, más suave, más exótico, más delicado que el colombiano o el brasileño; lejos estaba de su antecesor abisinio o turco. Una moda es una moda y tiene un porcentaje de inexplicables componentes que el aroma del Soconusco transportado a su café no podía explicar.

Pronto, más de la mitad del café que se producía en México surgió de las 30 mil hectáreas de tierras dedicadas al cultivo por los finqueros alemanes. Desde 1900 Chiapas se convirtió en el primer estado productor de café del país. Un café que en México se volvió más apreciado porque los mexicanos no lo tomaban. Detrás del milagro cafetalero estaban esas 32 fincas alemanas en las que vivían no más de 300 súbditos germanos y sus familias y las 25 haciendas propiedad de sus socios mexicanos, pero sobre todo cientos de peones acasillados que subsistían en condiciones miserables y 30 o 40 mil trabajadores de temporal con salarios de hambre. La Revolución mexicana no llegó a esta zona, cuyo orden agrario permaneció intacto. Tapachula era cosmopolita, rancho universal; el castellano, la lengua franca para transmitir órdenes, originadas en alemán, a peones que hablaban dialectos mayas. Y las lenguas seguían sumándose en las periferias de Babel: inversores japoneses que llegaron tarde, estadunidenses que venían a buscar las sobras del tesoro del fruto rojo; prestamistas gachupines, ingeniosos micro industriales que creaban una fábrica de refrescos y una empresa que producía hielo, ingleses dedicados a la venta y el acaparamiento de tierras.

Al iniciarse la guerra mundial en 1939, la estructura creada por Roselius y los finqueros seguía funcionando y el café mexicano llegaba a Alemania en barcos de banderas neutrales. Sus productores, los finqueros alemanes, no estaban ajenos a la guerra, no era raro ver un retrato de Hitler presidiendo la gran sala de la hacienda y se celebraban frecuentes reuniones del Partido Nacionalsocialista Alemán, que se había refundado en México en la zona, atrayendo sobre todo a la segunda generación de jóvenes alemanes, muchos de ellos nacidos en México, pero que habían estudiado en Alemania. ¿Café nazi?

IV. Hitler tomaba café

Adolf Hitler no tomaba café, nunca lo había tomado, lo tenía absolutamente excluido de su extraña dieta en la que cabían sin embargo la col agria y los pasteles vieneses. Pensaba que el café, como el alcohol y el tabaco, eran venenos que podían afectar su vapuleado organismo. Tenía una puritana y agresiva idea sobre la salud y la santidad del cuerpo.

Tomaba en cambio medicinas contra la impotencia, fármacos para evitar depresiones, remedios contra las indigestiones y los gases, la flatulencia, como elegantemente se llamaba esa degeneración digestiva que hacía que el hombre fuerte de Alemania viviera pedorreándose permanentemente; se medicaba con copramina, cortiron para tonificar los músculos; euflat para evitar los gases estomacales; orchikrin, droga con semen de toro para combatir la impotencia, y multiflor, un derivado de los yoghurts búlgaros; optalidón para los dolores de cabeza, postrophanta para la depresión, sympathol y cardiazol para elevar más sangre al cerebro, si es que tal cosa puede suceder.

Karl Brandt había sido su médico de cabecera, pero desde 1939 se le encomendó una tarea altamente clandestina con los plenos recursos del aparato estatal: dirigía en los múltiples campos de concentración un programa de eutanasia dedicado a la eliminación de enfermos incurables y deficientes mentales.

El lugar del asesino Brandt había sido ocupado por un charlatán que tenía como antecedente haber curado parcialmente al führer de una enfermedad venérea, Theodor Morell.

A mediados de 1941 la salud de Hitler empeoró, pasaba muy malas noches, sufría de insomnio y pesadillas, sudaba mucho, mojando los pijamas de un sudor ácido y gomoso, se meaba; empezaba a dormir cerca del amanecer, sin entrar en el sueño profundo a pesar de que al acostarse se llenaba de somníferos.

Morell optó por varios fármacos de manufactura propia y por el té de tila. Pero la medicación hizo que Hitler iniciara las mañanas apático y distraído, que tuviera ausencias y dificultades para concentrarse y Morell, ante las quejas de su paciente, comenzó a suministrarle dos tabletas de cafeína como estimulante en el desayuno junto con un vaso de leche y dos panecillos con mermelada.

Más tarde, al iniciarse las batallas definitorias en el frente ruso, Hitler demandó que el estimulante produjera efectos más potentes y Morell comenzó a inyectarle todas las mañanas una dosis más fuerte de cafeína, un fármaco sintetizado ex profeso en laboratorios alemanes.

El asunto parecía dar resultado. Hitler sin cafeína no era Hitler, se decía cuando la jeringa se iba a la vena mañana tras mañana y el líquido casi negro entraba en su organismo.

Planteemos una extraña, pero no demasiado absurda hipótesis: la cafeína que corría mañana a mañana por las venas del dictador alemán, que le permitía salir de las nieblas y lo llenaba de energía, ¿había sido originalmente un pequeño fruto rojo crecido en los cultivos mexicanos del Soconusco: café mexicano?

V. El ministro y su amante

Katerina Matilda Krüger, fue conocida como Hilda Krüger

Cardenista prófugo, promotor de la movilización de los gobernadores (siendo él de Veracruz) a favor de la expropiación petrolera, fundador de uno de tantos partidos socialistas, el Socialista del Istmo, senador, evolucionaba rápidamente hacia posiciones conservadoras dentro del recién estrenado gobierno de Ávila Camacho. Era autor junto con el presidente de la teoría pendular, el gobierno de Cárdenas se había movido demasiado hacia la izquierda, ahora había que moverlo tantito a la derecha. "Volver a la normalidad", aunque sin devolver el petróleo, a tanto no había que llegar.

No era ajena a esta posición política su avidez en los negocios, descubierta en los últimos años. Era una época en la que se decía que la revolución debía hacer justicia a sus cachorros, los hijos de los generales, los nuevos licenciados, la segunda generación, y cuando se decía hacer justicia se pensaba en hacer "justicia" económica. En esos años, del secretario de Gobernación, Miguel Alemán, se decía que era malo para los negocios, pero bueno para los socios.

Cuando trabajaba en la ciudad de México como abogado, defendía en la Junta de Conciliación lo mismo trabajadores que patrones. Esos abogados que no hacen distingos y que ponen nerviosos a los puritanos del derecho y eso no era nada. Había entrado en la especulación inmobiliaria. Con Ramos Millán, era socio de la más grande empresa que compraba terrenos y construía zonas residenciales en las periferias de la ciudad: Fraccionamientos México. Empezaron en Cuernavaca, luego compraron la vieja Hacienda de los Morales y en estos últimos años se habían hecho quién sabe cómo con un pedazo del bosque de Chapultepec, al que llamaban Rincón del Bosque. Como tarea promocional y bordeando los límites de la legalidad (¿cómo se cobran luego los favores?) las promotoras en las que estaba metido Miguel Alemán regalaban predios de sus urbanizaciones a políticos, Ávila Camacho mismo recibió un terreno en Cuernavaca. Si a través del estado controlaban la manera en que crecía la ciudad, podían revaluar sus terrenos de manera astronómica. Era una nueva manera de poner el estado al servicio del negocio.

En materia de política internacional Alemán parecía simpatizar discretamente con los alemanes. No era esto demasiado extraño, la sociedad mexicana, muy reciente el enfrentamiento contra ingleses y norteamericanos a causa del petróleo, concentraba sus odios más bien de aquel lado. La germanofilia estaba alimentada por la deficiente información suministrada por la radio y la prensa mexicanas y por la falta de información pública sobre la persecución criminal que se ejercía en Alemania y los territorios ocupados contra judíos, gitanos e izquierdistas de todo partido.

Lo alemán estaba de moda y esta relación bajaba de la cúpula. En 1940 el presidente Ávila Camacho tenía parientes en el Colegio Alemán y era presidente del club Hípico germánico, le gustaba la cerveza alemana y admiraba la marcialidad de los desfiles nazis.

Pero Miguel Alemán tenía algo más que estas relaciones de superficie con el nazismo, tenía una relación secreta de carácter amoroso con una singular alemana. Nacida cerca de Berlín en 1912, Katerina Matilda Krüger, fue conocida como Hilda Krüger, por su nombre de escena.

Una mujer muy atractiva, rubia, de un metro setenta y cinco, elegante en el vestir, hablaba además del natal alemán, inglés y un poco de español. Sin ser de una belleza espectacular, causaba desconcierto en los hombres y obligaba a una segunda mirada. Actriz de teatro y cine en la Alemania nazi, o al menos esto se suponía porque en México no se había visto ninguna película suya se decía que había mantenido relaciones más que amistosas con el canciller Goebbels a pesar de estar casada. Su marido tenía algún antepasado judío, lo que supuestamente hizo caer en desgracia a la actriz en la Alemania del pogrom. Los servicios secretos de los aliados dirían que esta era tan sólo una cobertura para poderla colocar como agente en el extranjero.

En 1939 abandonó a su marido y emigró a Inglaterra. Al declararse la guerra viaja a Estados Unidos, donde supuestamente proseguirá su carrera cinematográfica. ¿Cómo evitó el internamiento en Inglaterra que sufrieron todos los alemanes? Esta parte de la historia no es conocida.

Tras una breve estancia en Nueva York, viajó a Los Ángeles y en enero del 40 se instaló en el hotel Beverly Wilshire de Hollywood. Permaneció en esa ciudad varios meses tratando supuestamente de conseguir trabajo en la industria del cine sin éxito. ¿De qué vivía durante este lapso de tiempo? Misterio.

Posteriormente se relacionó con un industrial de origen alemán de Saint Louis, Missouri, de apellido Van Gontard; pero repentinamente, en febrero del 41, viajaría a México diciendo que iba a buscar la residencia mexicana para divorciarse aquí y posteriormente casarse con él en nuestro país.

Hilda Krüger fue detectada por los servicios secretos norteamericanos en México al relacionarse con sus paisanos alemanes Friedrich Von Schleebrugge y desde luego Georg Nicolaus, todos ellos agentes de la Abwehr IV, los servicios secretos del ejército alemán, que operaban con sede en México y en Estados Unidos.

Tras su llegada comenzó a frecuentar los circuitos sociales de los políticos del gobierno mexicano, pareciendo haber olvidado al industrial alemán de Saint Louis. Participó en fiestas y vida social, decía que estaba escribiendo una historia de la Malinche. Hizo excursiones a Teotihuacán, visitó a productores de cine y se hizo amante en la primavera del 41 de Ramón Beteta, subsecretario de Hacienda y miembro del consejo del Banco Nacional de México.

Las relaciones duraron escaso tiempo, porque poco más tarde llegó otro alto funcionario del gobierno mexicano, cuando ella se mudó a una casa de la Colonia Roma cuya renta no pagaba. El personaje que mantiene a Hilda Krüger, es el ministro de Gobernación Miguel Alemán. Su bigotito, su peinado y sus trajes cruzados, resultan inconfundibles; así como el hecho de que entre en la casa a las once de la noche y salga de ella a las cuatro de la mañana.

¿Sabe Miguel Alemán que la Krüger trabaja para los servicios secretos alemanes? ¿Cómo puede ignorarlo? ¿Quién usa a quién? ¿Prefiere hacerse pendejo? ¿O ella lo está usando para algo? La situación se sostendría hasta el inicio de la guerra.

VI El potrero del Llano

En México la guerra cobraba formas muy extrañas: informes periodísticos y radiofónicos que ponían de moda nombres hasta hace media hora desconocidos, marcas de aviones, apellidos de generales japoneses y mariscales alemanes, geografía de mares en el Báltico o penínsulas en Malasia. Y había una guerra potente entre la IG Farben, la Bayer mexicana, empresa alemana productora de la cafiaspirina, y las empresas norteamericanas.

Esta guerra en México se recrudece en 1941. Los norteamericanos hacen circular una lista negra de empresas alemanas y los industriales quieren sacar del mercado la aspirina alemana, por más que sea maravillosa, y para eso han inventado una cosa extraña que se llama "mejoral". El "mejoral" reparte calendarios con el Sagrado Corazón de Jesús y la frase "mejor mejora Mejoral". Un calendario muy original, insuperable contra el dolor de cabeza, con un siniestro Jesús de Nazaret mostrando a pecho abierto el apuñalado corazón.

La asociación de publicistas, un nuevo gremio que ha adquirido un enorme poder, informa que en América Latina en 1941 la frase de "mejor mejora" se oirá en la radio 4 millones 700 mil veces.

Eso era la guerra en México, y una guerra de rumores. Algunas detenciones de espías alemanes, la ruptura de relaciones consulares, el reconocimiento de la Francia Libre, cuando en las primeras horas de la noche del 13 de mayo el Potrero del Llano, antes llamado Lucífero, una de las naves que el gobierno de México le había incautado a Italia el año anterior, cruzaba las aguas de la costa de Florida rumbo a Miami con 46 mil barriles de petróleo.

El capitán Gabriel Cruz estaba inquieto porque en las últimas semanas los submarinos alemanes habían estado danzando por el Caribe, entrando y saliendo de puertos de colonias inglesas hundiendo mercantes, pero aun así decidió navegar de noche con las luces encendidas para que se viera clarita la bandera mexicana que traía pintada a babor y a estribor.

Casi a las doce de la noche, faltarían cinco minutos, el teniente Richard Suhren al mando del submarino alemán U564 identificó en el periscopio la bandera mexicana del barco que había detectado en la distancia.

Suhren esperó apretando los dientes y conteniendo la respiración, como si sus actos alteraran la dirección del proyectil. Un solo torpedo impactó en el centro del petrolero mexicano. El incendio se produjo casi de inmediato. Varios de los marinos debieron haber muerto en esos primeros instantes. El barco abierto en dos no se hundía, pero las llamas invadieron la cubierta. Uno de los marineros al intentar lanzar una lancha de salvamento al mar murió víctima de los golpes, varios ardieron en el barco o en el océano; parecía que todos se iban a freír vivos, pero asiéndose a tablones y salvavidas de corcho, una parte de la tripulación logró alejarse de la gigantesca antorcha. Catorce de los 36 tripulantes del Potrero de Llano murieron en esos primeros momentos. El mar siguió ardiendo durante horas. El U564 se alejó de la zona a media profundidad. Horas más tarde los náufragos mexicanos fueron recogidos por unidades navales norteamericanas y llevados a Miami. La radio lanzó rápidamente un boletín informativo: Barco mexicano hundido por un submarino alemán.

La prensa mexicana retomó la noticia de inmediato con sus titulares habitualmente folclóricos: "El torpedo villano". Y la calle, que es maledicente y rumorosa, se debatía entre el furor patrio contra el pinche submarino alemán que abusivo e hijo de su puta madre había tirado un torpedo contra un barco mexicano desarmado y los maliciosos, alimentados por los partidos conservadores, que decían que había sido un submarino gringo porque los yanquis querían que México entrara en guerra de su lado.

  • El Barco Potrero del Llano

  • La destrucción del Barco

VII. La declaración de guerra

El gobierno mexicano emitió notas de protesta que fueron ignoradas olímpicamente por los alemanes.

Una semana más tarde del hundimiento del Potrero de Llano, el 20 de mayo, hacia las ocho y cuarto de la noche el petrolero Faja de oro fue localizado en el estrecho de la Florida en las inmediaciones de Key West por un submarino alemán.

El Faja de oro, originalmente el Genoano, otro de los barcos incautados a Italia, regresaba a Tampico tras haber descargado petróleo en Delaware. El capitán Ramón Sánchez estaba intranquilo, en días anteriores había visto barcos estadunidenses hundidos e incluso había participado en el rescate de marinos norteamericanos cuyo barco había hundido un submarino alemán. Y además. después de lo del Potrero de Llano, la neutralidad mexicana no parecía importar demasiado.

Repentinamente un torpedo impactó en el barco. La nave había quedado herida, pero no de muerte. Entonces el capitán del submarino alemán que lo había torpedeado dio la orden de subir a la superficie y terminó de hundir al Faja de oro a cañonazos. Nueve marinos resultaron muertos, el resto, 28 hombres incluido su capitán, lograron huir en lanchas de salvamento. Tras dos días en el mar fueron rescatados por un guardacostas de Estados Unidos.

No quedaba ninguna duda de la identificación del submarino alemán. Los marinos en sus lanchas de salvamento habían escuchado incluso voces en ese idioma que venían de la nave.

El gabinete ministerial se reunió en la residencia oficial de Los Pinos por iniciativa del Presidente a las 18:45 horas del 22 de mayo.

Ávila Camacho, cara cuadrada, torpe de palabra, hizo un resumen de lo que ya todos sabían: dos barcos mexicanos habían sido hundidos por submarinos alemanes y habían muerto 23 marinos. El gobierno alemán ni siquiera había respondido la primera nota de protesta ante el hundimiento del Potrero de Llano. Puso a consideración del gabinete la declaración de guerra a las potencias de eje.

La reunión duró tres horas. Más tarde, habría de trascender que dos ministros se opusieron a la propuesta del Presidente. Curiosamente se trataba de los dos ministros colocados en los extremos del espectro político. Heriberto Jara, el ministro de Marina, hombre de izquierda, muy cercano a Lázaro Cárdenas, y el ministro de Gobernación, Miguel Alemán, uno de los más conservadores miembros del gobierno. Los argumentos de Jara eran dos: la declaración de guerra produciría una situación de subordinación respecto de Estados Unidos porque México tenía muy poco que aportar militarmente en esta guerra de potencias y la marina mercante mexicana sufriría los efectos directos de la guerra. En poco tiempo todos los buques mercantes en el Golfo de México habrían sido hundidos por los submarinos alemanes. No había ninguna posibilidad de ofrecerles protección. Jara pensaba que había que involucrarse en la guerra ofreciendo todo el apoyo económico, recursos petroleros y materias primas a los países enfrentados al fascismo y todo el apoyo diplomático, pero sin declarar el estado de guerra. Estar en guerra sin declararla.

¿Y Alemán? ¿Cuáles eran los argumentos del ministro de Gobernación Miguel Alemán?

Habló de la debilidad militar de México y de los perjuicios económicos que la guerra podría causar. A nadie le quedó muy claro cuáles eran las razones de su oposición. Ávila Camacho persistió en sus razones haciendo tan sólo una concesión a la posición de Jara: nombró a Lázaro Cárdenas ministro de Guerra. La jugada era obvia, en el eterno esquema de los equilibrios que caracteriza a los gobiernos mexicanos, el acercamiento a los estadunidenses al entrar de una manera absolutamente simbólica y subordinada a la guerra, se contrapesaba con el ingreso del más anti gringo de los ex presidentes mexicanos en el ministerio de la Defensa Nacional; era claro que Cárdenas no haría más concesiones militares a los norteamericanos que las indispensables, que no permitiría el establecimiento de bases de Estados Unidos en territorio mexicano.

Cuando el Departamento de Estado conoció los informes mexicanos sobre el contrabando de espías, cambió su actitud frente a Miguel Alemán, quien

«se había convertido en el representante de los intereses de Alemania en México»

y comenzó una campaña para que se eliminara «la Quinta Columna nazi». La presión que ejerció Estados Unidos obligó al gobierno de Ávila Camacho a capturar a Nicolaus, Moebius y Krüger en marzo de 1942.

Las detenciones realizadas en México provocaron que los simpatizantes de Hitler escondieran sus tendencias ideológicas y comenzaran a colaborar estrechamente con el gobierno norteamericano. Para refrendar la nueva relación entre México y Estados Unidos, los mandatarios Manuel Ávila Camacho y Franklin Delano Roosevelt acordaron reunirse en Monterrey, el 20 de abril de 1943. Esto serviría para mandar un mensaje a los políticos y seguidores de los alemanes.

El Presidente mostró al gabinete el borrador de la declaración de guerra que sería enviada al Congreso para su aprobación.

En los siguientes meses otros siete barcos mexicanos fueron hundidos por los submarinos alemanes. Pero esto ya es parte de otra historia.

Las detenciones realizadas en México provocaron que los simpatizantes de Hitler escondieran sus tendencias ideológicas y comenzaran a colaborar estrechamente con el gobierno norteamericano. Para refrendar la nueva relación entre México y Estados Unidos, los mandatarios Manuel Ávila Camacho y Franklin Delano Roosevelt acordaron reunirse en Monterrey, el 20 de abril de 1943. Esto serviría para mandar un mensaje a los políticos y seguidores de los alemanes.

Durante sus cónclaves privados en Monterrey, los Presidentes Manuel Ávila Camacho y Franklin D. Roosevelt discutieron estrategias para la defensa de sus fronteras y la seguridad de ambas naciones.

Sin embargo, esos planes fueron conocidos por el disminuido aparato de espionaje alemán, ya que el traductor oficial fue un agente nazi incrustado en la oficina de la Presidencia, un teniente de nombre Roberto Trauwitz Amezaga.

La escena que se desarrolló en el majestuoso Palacio de Gobierno de Nuevo León ahora resulta cómica: el mandatario estadounidense, contando secretos de Estado para combatir al Tercer Reich con su homólogo mexicano, sin sospechar que el hombre que lo traducía era un agente que colaboraba con Nicolaus, y que incluso su hermana era la líder de las Juventudes Hitlerianas en México.