Los Catafractarios Romanos. Caballeros Romanos 1,000 años antes que los caballeros del medioevo

Los tanques de la Antigüedad: el origen de la caballería pesada acorazada del ejército romano

Los catafractos eran unidades de caballería en las que tanto el caballo como el jinete llevaban armadura (del griego κατάφρακτος, kataphraktós, palabra compuesta que significa ‘totalmente’ —κατά— ‘cubierto, cerrado, protegido’ —φρακτός—; en latín: cataphractus), convirtiéndolos en virtualmente invulnerables en el campo de batalla.

Las semillas de la que quizás fue la mayor y más radical transformación sufrida por el ejército romano en toda su historia se sembraron en los campos de batalla de Armenia, Media, Dacia, Panonia y Mesia. La simiente fue traída por los excelentes jinetes sármatas y alanos entre los siglos I y II d. C y regada con la sangre de los ejércitos del Imperio parto, el reino de Armenia y el Imperio romano.

En praderas, bosques, valles y llanuras abonadas con dolor, los comandantes romanos aprendieron una lección que, en el futuro, resultaría crucial para garantizar la supervivencia del Imperio.

El primer paso fue dado por los alanos cuando, en sucesivas expediciones lanzadas sobre suelo armenio y parto a mediados del s. I d. C, barrieron literalmente a los ejércitos de los reyes de Armenia y Partia con una facilidad pasmosa.

La orgullosa caballería parta que un día (y nunca más) derrotase estrepitosamente a la legión romana en Carras (53 a. C), pereció ante un enemigo más flexible, ágil y contundente: los arqueros a caballo partos no tuvieron ocasión de disparar, siendo arroyados por la veloz caballería sármato-alana a golpe de lanza (la pesada contus sarmaticus, de hasta 5m de longitud); aislados de un apoyo fundamental y confundidos, los pesados catafractarios partos se encontraron impotentes ante sus homólogos alanos; superados en maniobrabilidad, los catafractarios partos perecieron frente a los fulminantes ataques alanos, golpe tras golpe, cubriendo las estepas y los desiertos con sus cuerpos de metal como dorados juguetes rotos. No sería la última vez, pero marcaría un antes y un después.

Catafractos partos, ss. I a.C.-II d. C Aunque sus pesadas protecciones les hacían prácticamente invulnerables, su movilidad (y especialmente la de sus monturas) se veía muy reducida y, por lo tanto, también su abanico de posibilidades tácticas y su dependencia del apoyo de otras armas en el campo de batalla.

La Roma gobernada por los emperadores Flavios (Vespasiano, Tito y Domiciano, quienes reinaron entre el 69 y el 96 d. C), contempló con condescendencia los acontecimientos, consintiendo tácitamente las desgracias sufridas por sus rivales orientales a manos de los alanos, ignorando las peticiones de ayuda que recibieron. Sin embargo, el ejército romano ya había comenzado a tomar él mismo sus propias lecciones, en este caso de otros pueblos emparentados con los alanos.

Los sármatas roxolanos, en connivencia con el poderoso Reino dacio y parte de la confederación germánica de los suevos, invadieron las provincias danubianas del Imperio romano (Mesia y Panonia) en sucesivas ocasiones entre 69 y 119 d. C, infligiendo severas derrotas al ejército romano en el proceso y obligando a éste a realizar denodados esfuerzos bélicos para expulsarlos y prevenirles de volver a intentar acciones hostiles sobre suelo romano. Tres conflictos a gran escala (las guerras dácicas de Domiciano en 85-89 d. C, las guerras germánico-sarmáticas de este mismo emperador en 89-93 d. C y las guerras dácicas de Trajano entre 101 y 106 d. C) y toda una serie de enfrentamientos latentes o a pequeña escala fueron necesarios para que, en 119 d. C, el emperador Adriano pudiera firmar una paz estable con los sármatas roxolanos y proclamar que la Europa Oriental romana estaba, al fin, en paz.

Durante este proceso, los ejércitos romanos sufrieron la eficacia de la caballería pesada acorazada sármata, hasta el punto de costarle una legión completa: la XXI Rapax, destruida en 92 d. C a manos de los yácigos. Sin embargo, no habían terminado aún los combates cuando el Imperio romano puso en marcha sus mecanismos adaptativos disponiendo los primeros “programas piloto” destinados a integrar el excelente modelo de caballería sármata (y alana) en las necesidades del ejército romano.

Contario sármata descabalgando a un arquero a caballo rival a golpe de lanza, s. I d. C La flexibilidad táctica y la movilidad fueron las armas clave de la caballería sármata y alana entre los ss. I a. C y II d. C

Pero ¿cuáles eran las ventajas de la caballería pesada acorazada de tradición sármata? Este tipo de caballería portaba un equipamiento más ligero que el de un catafractario parto (fundamentalmente renunciando a buena parte de la protección para el caballo), gozando así de una capacidad de maniobra muy superior. Sin renunciar a una más que eficaz protección corporal, el catafractario o contario sármata podía dar caza fácilmente a un arquero a caballo enemigo y superar tácticamente a jinetes igual o más pesadamente equipados.

Del mismo modo, el jinete sármata disfrutaba de una gran flexibilidad y autonomía: él mismo podía desempeñar el rol de un arquero montado de ser necesario, actuar como una fuerza de caballería de choque masiva, emplear formaciones cerradas, o tácticas de guerrilla abierta… un amplio abanico táctico que le permitía no depender del apoyo de otras armas montadas, incidir en la capacidad para realizar un ataque avasallador, adaptarse rápidamente a las circunstancias y mantener una absoluta autonomía en el campo de batalla.

Equipamiento habitual de un catafractario sármata o alano pesadamente equipado de los ss. I y II d. C Sin renunciar a una excelente protección, el catafractario sármata enfatizó siempre la rapidez, la movilidad y la potencia, lo que le permitió superar tácticamente al catafractario parto sin dificultad en el campo de batalla.

Éste fue el modelo adoptado por el ejército romano para sus primeras unidades de caballería pesada acorazada. A comienzos del s. II d. C tenemos noticia ya de las alae I Canninefatum y I Vlpia Contariorum milliaria. La primera de ellas hunde sus raíces hasta la segunda mitad del s. I d. C, siendo reclutados sus miembros entre la tribu germánica de los caninefates, aliados del Imperio famosos por su habilidad como jinetes. La segunda fue formada por el emperador Trajano hacia 112 d. C. Básicamente, los miembros de ambas alae marchaban a la batalla equipados con un equipamiento semejante al de cualquier otro jinete de la caballería media romana del momento: cota de mallas o escamas, casco, ocasionalmente grebas, una espada de hoja larga o spatha y un puñal corto o pugio. La única excepción radicaba la sustitución de jabalinas y lanzas corrientes por la contus sarmaticus, convertida en el arma definitoria de estas unidades. Estos jinetes gozaban de la habitual capacidad de maniobra del jinete romano, pero armados con la contus estaban en condiciones de desarrollar tácticas de choque contra unidades de infantería y caballería enemigas casi sin necesidad de apoyo.

La transición entre los reinados de Trajano (98-117 d. C) y Adriano (117-138 d. C) contempló la formación de la primera unidad de cataphractii de la historia del Imperio romano: el ala I Gallorum et Pannoniorum catafracta. Formada con expertos de dos unidades de caballería distintas, esta ala incorporó al equipamiento de los contarii el uso de armaduras completas o casi completas, así como del uso de protecciones para los caballos, centradas fundamentalmente en la cabeza, la cerviz y la pechera del animal. Esta unidad (y las que la sucedieron) estaba más especializada en tácticas de choque en formación cerrada. Sin embargo, siguiendo los patrones de equipamiento y tácticas sármatas, no renunciaba ni a su movilidad ni a su flexibilidad táctica. Gozando de una excelente protección y pudiendo optar por proteger en mayor o menor medida a sus monturas, los cataphractii romanos, al igual que sus contrapartidas sármatas, podían desempeñar con notable independencia toda clase de papeles en el campo de batalla.

Dibujo de la estela funeraria de Aduitor, soldado del ala I Canninefatum, quien decidió inmortalizarse con el arma más característica de su unidad: la contus sarmaticus.

A las ventajas proporcionadas por sus propias características se sumó la posibilidad de interactuar con otras armas del ejército romano: a diferencia del catafractario o del contario sármata, sus homólogos romanos gozaban del respaldo de una nutrida y excelente infantería. Además, del mismo modo que los jinetes sármatas más pesados podían confiar (sin depender) en el apoyo de sus propios arqueros montados, el cataphractus romano disponía también del apoyo de otras especialidades de caballería más ligeras de su ejército.

Con la adopción y adaptación de la caballería pesada acorazada de tipo sármata en su ejército, el Imperio romano abrió, además, una senda de cambios desconocida hasta la fecha. Sus ejércitos no estaban capacitados ya tan sólo para negar la victoria a la caballería parta, sino para derrotarla y destruirla por completo en el campo de batalla. Trajano (98-117 d. C), Marco Aurelio (161-180 d. C), Lucio Vero (161-169 d. C), Septimio Severo (193-211 d. C) o Caracalla (211-217 d. C) dieron buena cuenta de esta nueva circunstancia en los campos de batalla de Armenia, Mesopotamia y Siria.

Los sucesores de los partos, los persas sasánidas, tomarían buena nota de las lecciones sufridas primero a manos de los alanos y luego en las garras de los propios romanos: los sasánidas afrontaron serias reformas en el seno de los ejércitos heredados de los partos. El ejército persa que surgió de aquellos cambios sorprendió a Roma al infligirle una severa oleada de derrotas desde la década de 240 d. C. El modelo de caballería pesada sármata quedaría entonces atrás y, de nuevo, la ingeniosa e inagotable maquinaria adaptativa del ejército romano volvería a ponerse en marcha, con resultados sorprendentes.