REFLEXIONES ACERCA DE LAS TEORÍAS DE LA REENCARNACIÓN.

 

Ciclo Infinito de la Reencarnación

¿Resurrección en cristo o reencarnaciones perennes?

Desde hace unas tres décadas, la doctrina de la reencarnación se ha difundido en todo el mundo occidental. Entre sus seguidores se cuenta un gran número de personas bautizadas en la fe cristiana. Es llamativo que éstas no se adhieran a la tradición asiática de la reencarnación, sino que la transformen y la mezclen con la cultura occidental. ¿Cuáles son las características de esta síntesis? ¿Por qué resulta tan atractiva para nuestros contemporáneos? ¿Qué responde la fe cristiana frente a esta nueva creencia? A continuación, me gustaría hacer algunas consideraciones sobre este tópico.

Índice

1. ¿Qué nos dice la teoría de la reencarnación?

2. ¿Qué hace que esta teoría sea tan atractiva?

3. ¿Cuáles son las diferencias con la doctrina cristiana?

4. ¿Qué nos dice la fe cristiana?

4.1 Resurrección de todo el hombre

4.2 La bienaventuranza como don

4.3 Confianza en Dios

Concepción de la Reencarnación de Oriente vs Occidente

1. ¿Qué nos dice la teoría de la reencarnación?

Se distinguen fundamentalmente las doctrinas orientales y occidentales sobre la reencarnación. En primer término, las diferencias se refieren al sujeto. Según las grandes tradiciones orientales, aquello que se reencarna es una cierta "energía espiritual", la "fuerza vital" de un ser humano, que toma forma, una y otra vez, en un nuevo cuerpo; el budismo no conoce una reencarnación de tipo personal. Las teorías occidentales, por el contrario, ponen de relieve la identidad del sujeto en sus sucesivos nacimientos, y hablan de un "alma" individual que continúa viviendo, de una forma nueva, después de la muerte.

Asimismo, ambas concepciones difieren en lo tocante a cuál es la razón de un nuevo nacimiento. En las tradiciones orientales, la doctrina de la reencarnación es inseparable de la idea del Karma. Éste supone una relación directa y prácticamente mecánica entre las acciones de un hombre y sus consecuencias para una vida posterior. De manera que todo lo que hace una persona lleva consigo unos efectos buenos y malos que son absolutamente necesarios; y que afectan tanto al sujeto como al conjunto de la comunidad humana.

El Karma se puede manifestar incluso en muchas generaciones futuras. Es, por así decirlo, la "herencia" que los vivos reciben de los muertos. De esta forma, cada generación está obligada a cargar con las consecuencias de las decisiones de sus antepasados. No obstante, los mismos muertos sufren en las vidas futuras todavía más por lo que han hecho durante su vida anterior. Mientras sus acciones pasadas no sean completamente liberadoras y de provecho para toda la humanidad, su "fuerza vital" está destinada a un inquieto vagabundear.

Los sucesivos nacimientos se encuentran en directa relación con las existencias pasadas. Su sentido consiste precisamente en liberar la "energía espiritual" de la materia y de sus ataduras al mundo. En otras palabras, el hombre tiene la tarea de separarse por completo de su búsqueda del amor y la amistad, de su afán de cultivar la tierra, de sus anhelos de felicidad y de plenitud. Sólo una vez conseguida esta meta y cuando todo Karma esté purgado de modo total e íntegro, su "fuerza espiritual" encontrará el descanso definitivo, después de dejar el último de los cuerpos que ha tomado en la tierra.

La doctrina occidental sobre la reencarnación afirma, en cierta manera, todo lo contrario. Según ella, un hombre no carga sobre sí las consecuencias de los actos de sus antepasados. Él mismo es el único responsable de su destino, por ejemplo, de sus talentos y límites personales, la situación de su familia, la posición que ocupa en la sociedad, sus éxitos o fracasos profesionales y económicos. Es el "único creador de todas las situaciones de su vida." Todo lo que le ocurre, son efectos directos de sus propias decisiones durante sus existencias anteriores.

Así se explican las diferencias existentes entre ambas teorías con respecto al fin de las reencarnaciones continuas. En Oriente, se acentúa -de modo negativo- el carácter de castigo y purificación de cada nuevo nacimiento.

Para el budismo, por ejemplo, la reencarnación es una maldición y no el fin de nuestra vida. El budista anhela la salvación, que él identifica con la liberación de la prisión de este mundo. El contacto con el mundo es para él la causa de todo mal. La meditación y la ascética le van liberando paulatinamente de sus cadenas, la muerte no es más que la culminación de esta liberación. Pero cuando no se ha logrado el desasimiento completo de este mundo -cuando no se ha alcanzado a dar el salto hacia el nirvana-, se debe volver a la tierra y empezar otra vida.

En Occidente, los sucesivos nacimientos son frecuentemente considerados -de modo positivo- como una forma de autorrealización que conduce hacia un estado de desarrollo más alto y una plenitud más cabal. El hombre debe perfeccionarse sin cesar, hasta que llegue a ser, algún día, completamente puro y digno de unirse con Dios. Se interpreta la reencarnación, en cierta manera, como una especie de evolución espiritual, en otras palabras: a la teoría de la evolución material se le agrega una dimensión espiritual. "El espíritu se viste siempre con nuevos vestidos, atraviesa siempre nuevas experiencias, busca siempre nuevas posibilidades de expresarse, hasta que finalmente ha crecido tanto que ningún vestido le queda bien y está en condiciones de reconocer su propia infinitud." Cuando el hombre, después de muchas vidas, ha alcanzado su identidad completa, puede descansar en Dios.

2. ¿Qué hace que esta teoría sea tan atractiva?

Una de las razones principales de la acelerada difusión de la doctrina de la reencarnación en Occidente es, sin duda, el hecho de que, durante mucho tiempo, la teología cristiana no respondió con la claridad debida a las interrogantes del hombre relacionadas con los "novísimos" o “lo nuevo”. Asimismo, la esperanza en un nuevo nacimiento resulta en sí bastante atractiva. Parece ser un mensaje de salvación muy asequible para una mentalidad moderna que se caracteriza, entre otras cosas, por una destacada negación a considerar algo como definitivo. En efecto, ni el lugar donde se vive, ni la profesión que uno tiene, ni el matrimonio u otras promesas se consideran "para siempre"; pueden cambiarse, y se cambian de hecho, cada vez con más facilidad. ¿Por qué no considerar también la propia vida como provisional?

Por otra parte, muchas personas sufren al considerar el rápido paso del tiempo y la certeza de que todo terminará algún día. La vida presente se experimenta, con frecuencia, sólo como parcialmente realizada. La muerte no significa necesariamente un perfeccionamiento. Uno puede ansiar tener más oportunidades para realizar todas las posibilidades que le ofrece la vida. A estos deseos responde la teoría de la reencarnación muy directamente, prometiendo muchas vidas futuras.

Pensar que la existencia sobre la tierra no tiene un fin a corto plazo puede experimentarse como un alivio. Así no hay que tomar la vida demasiado en serio, se puede aplazar la decisión a favor o en contra de Dios. Siempre queda una puerta abierta, siempre existe la ocasión de intentarlo de nuevo. Algún día lejano el hombre realizará el sentido último de su vida de todos modos, después de tantas nuevas formas de existencia como él mismo desee.

La doctrina occidental de la reencarnación nos ofrece, además, una explicación racional y aparentemente lógica de todo lo que ocurre en el mundo, también de las catástrofes naturales, enfermedades y fracasos personales. Efectivamente, tales acontecimientos serían simplemente necesaria consecuencia de los actos que hemos realizado en nuestras vidas pasadas. "El mundo es un cosmos ininterrumpido de venganza ética... Es el individuo mismo quien se forja radicalmente su propio destino." De esta manera, no necesitamos rompernos la cabeza con el problema de la teodicea, que intenta compatibilizar el sufrimiento humano con la existencia de un Dios omnipotente y bueno.

En la teoría de la reencarnación se pueden encontrar, finalmente, algunas coincidencias con la fe cristiana, que parecen adecuadas para satisfacer una cierta inquietud religiosa. Ambas creencias ponen de relieve la responsabilidad personal de cada hombre, señalan que hay una relación entre la actuación humana en la vida presente y lo que ocurra en la vida futura, y destacan la necesidad de una purificación después de la muerte. Ambas hablan, en definitiva, de una esperanza que va más allá de este mundo y se dirige hacia el sentido final de nuestra historia, en contraposición a las concepciones nihilistas o agnósticas de la vida. Sin embargo, las diferencias entre la doctrina de la reencarnación y el mensaje cristiano me parecen grandes e importantes.

3. ¿Cuáles son las diferencias con la doctrina cristiana?

Según la teoría de la reencarnación, el hombre no es entendido como una persona única e inconfundible, que transciende esencialmente la creación material. Por el contrario, queda sumergido completamente en los cambios naturales, ya que se encuentra entre un permanente nacer, morir y volver a nacer bajo una forma distinta, en analogía a los productos de la tierra. La muerte no es más que algo que ocurre en torno a los "ritmos vitales de oscilación". Pero esta interpretación naturalista no sólo resta importancia a la muerte, sino también a la personalidad, a la libertad y a la historia propia de cada hombre. ¿Cómo puedo encontrar mi identidad si no estoy en absoluto consciente de mis formas de existencia anteriores? No sé quién fui en mi vida anterior. Estoy obligado a cargar con las consecuencias de una vida pasada que no conozco.

La idea de la reencarnación está teñida de un claro desprecio de la corporeidad. El ser humano es dividido en dos "substancias" sin relación ninguna entre sí. Mejor dicho, el hombre es el "alma" que busca siempre un nuevo cuerpo, un nuevo tiempo, una nueva historia, una nueva familia, nuevos amigos y compañeros de viaje, sin que la nueva "corporeización" sepa algo de las anteriores. Pero según la fe cristiana, mi vida concreta se desarrolla en una historia única, y no puedo dejarla como una especie de vehículo viejo del que salgo y me olvido. Mi biografía personal con todas las relaciones familiares, sociales y de amistad, que he creado durante la existencia terrena, tiene una gran importancia para mi identidad, también después de la muerte.

Desde un punto de vista cristiano, somos responsables no sólo de nosotros, sino también, en cierta medida, de todas las personas a nuestro alrededor y de aquellos que vendrán después de nosotros. Si una persona está llena de la luz y del espíritu de Dios, su luz brillará no solamente durante su vida, sino también después de su muerte. Del mismo modo, si vivimos de espaldas a la verdad, si morimos sin hacer frente a nuestros problemas y fallos reprimidos, serán nuestros sucesores quienes sufran las consecuencias de lo que hemos dejado malformado, corrompido y pendiente de arreglo.

El cristianismo confirma -y en esto está de acuerdo con la doctrina oriental de la reencarnación- que los efectos de los errores y pecados de una persona pueden repercutir negativamente en toda la comunidad humana. Sin embargo, no estamos frente a una necesidad absoluta, puesto que la gracia divina puede romper, en todo momento, esta relación de causalidad.

Contamos siempre con el perdón y con la oportunidad de comenzar de nuevo. Cristo nos ha liberado de las cadenas del pecado y de la culpa. Su poder es más fuerte que cualquier influencia del pasado que manifieste sus enredos en el presente.

La concepción occidental de la reencarnación exige demasiado del hombre. Le sobrecarga con una responsabilidad excesiva.

Ciertamente, desde una perspectiva cristiana, el hombre es libre y, en un sentido profundo, es el protagonista de su propia vida. Desde el comienzo de su existencia, sin embargo, se halla envuelto en un conjunto de vínculos y relaciones que influyen en todos los ámbitos de su vida y sobre el cual carece de un dominio absoluto. No es responsable de todo lo que le ocurre. Está en cierto modo condicionado por el país, la sociedad, la familia en la que ha nacido, por la educación y cultura que ha recibido, por el propio cuerpo, por su código genético y su sistema nervioso, sus talentos y límites, y por las libres decisiones de los demás. El pensamiento, los sentimientos y las obras de sus antepasados determinan el ambiente en que una persona crece y se desarrolla. El destino de los vivientes está, por así decirlo, lleno de tareas que sus antepasados dejaron sin concluir.

La teoría occidental de la reencarnación resuelve esta cuestión de un modo excesivamente fácil, en cuanto imputa todos los acontecimientos del presente a las acciones anteriores de una persona, como si fueran la causa única de los sucesos actuales. Con esto exagera ilegítimamente la responsabilidad anterior por el propio destino, mientras niega, paralelamente, gran parte de la responsabilidad actual que verdaderamente tiene cada hombre.

Con ello, resuelve efectivamente, al menos en parte, el problema planteado por la teodicea. Pero la visión del mundo no puede ser más fría y cínica. ¿Es un niño minusválido, por ejemplo, la reencarnación de un hombre que ha obrado mal en una vida pasada? La fe cristiana responde a la cuestión del dolor en una forma más humana. Enseña a ver en el que sufre, no a una persona castigada, sino a un amigo preferido de Dios, que ha sido elegido para encontrar a Cristo en la cruz, y para que los otros encuentren a Cristo en él. El cristianismo enseña un sentido hondo y escondido del sufrimiento humano, y nos muestra a un Dios que se solidariza con el hombre. La cruz de Cristo es ciertamente un misterio; no se la puede explicar racionalmente. Pero es un misterio de amor. Es el misterio de un Dios cuyo amor es tan grande que da su vida por nosotros. 

Para la doctrina de la reencarnación, cada hombre debe llegar por sus propias fuerzas a la perfección. Pareciera que las presiones y tensiones por lograr un mayor rendimiento que dominan en las sociedades occidentales, se prolongaran más allá de la muerte. Pero no se llega a la perfección cristiana, en primer lugar, por acciones y conquistas, sino por la gracia de Dios y el perdón. La felicidad eterna es más don que mérito.

4. ¿Qué nos dice la fe cristiana?

El dolor y la muerte no tienen la última palabra en el mundo. Después de la cruz viene la alegría de la resurrección. Al fin de los tiempos, resucitará todo el hombre, con cuerpo y alma.

4.1.    Resurrección de todo el hombre

Según la visión cristiana del mundo, el hombre es verdaderamente su cuerpo. No se reduce a poseerlo o habitarlo. Existe en el mundo no solamente "a través de su cuerpo" (Merleau-Ponty), sino "siendo su cuerpo" (Congar). Por su constitución intrínseca, es su cuerpo y a la vez, misteriosamente, lo sobrepasa.

Para la teología bíblica, el cuerpo no es sólo la substancia químico-biológica de nuestra carne, es mucho más que la figura externa y visible de nosotros. Entendemos por "cuerpo" nuestra relación íntima con el mundo. El cuerpo es para el hombre un medio de expresión. Da a conocer su mundo interior, "traduce" las emociones y aspiraciones, la alegría y la decepción, la generosidad y la angustia, el odio y el amor. El cuerpo es también un medio de acción en el mundo. "El significado del propio cuerpo emerge precisamente del hecho de que el hombre será para "cultivar la tierra" y "someterla"." El hombre forma el mundo mediante sus manos. Es, según decían los antiguos, inteligencia y manos ("ratio et manus").

Algunos autores afirman que, mientras el alma es el "órgano interlocutor" al que se dirige el mismo Dios, el cuerpo es el "órgano" mediante el cual nos relacionamos con el mundo, con otras personas, con la naturaleza y la cultura. "A través de nuestro cuerpo, nos expresamos en el mundo y recíprocamente, en nuestro cuerpo se expresa el mundo en nosotros." En este cuerpo y en las relaciones que él hace posible, vivimos, amamos y sufrimos. El cuerpo pertenece a nuestra identidad, le da una impronta honda, un sello determinado. Por ello, no podemos simplemente "desechar" el cuerpo después de la muerte y tomar otro completamente nuevo, en un contexto absolutamente distinto y una red de relaciones interhumanas que no tienen relación alguna con las anteriores. Si es verdad que nos está prometida la salvación total y completa, la alcanzaremos sólo para el alma y el cuerpo a la vez: en concreto, para este cuerpo nuestro que es parte de nuestro ser personal.

4.2.    La bienaventuranza como don

De acuerdo a la fe cristiana, esperamos que, después de la muerte, Dios nos acoja tal como somos, a pesar de las "vidas no vividas" y a pesar de toda una historia de culpa personal, si nos arrepentimos de nuestros pecados. "Dios aprieta a cada hombre contra su pecho, tal como hace el padre en la parábola del hijo pródigo. Es ésta la más hermosa de las parábolas bíblicas para entender la esperanza cristiana de alcanzar la perfección. Este último encuentro con la misericordia infinita... regala al hombre la salvación." 

Una persona que ha sufrido mucho durante su vida, no requiere de una "nueva oportunidad" después de la muerte para llegar a la felicidad. Dios puede hacerle feliz en un único instante. No obstante, el hombre será purificado después de la muerte, y esta purificación significará dolor. "Si el hombre ha sido durante su vida terrena un recipiente demasiado pequeño para la riqueza, para la plenitud de la gracia divina, Dios mismo agrandará este vaso después de la muerte, y quemará todo lo que estorba con el fuego de su amor. Este proceso será salvador y liberador, y hará al hombre digno de una nueva vida con Dios, y con las otras criaturas que están unidas a Él.

4.3.    Confianza en Dios

La teoría de la reencarnación reduce extremadamente la acción divina, puesto que, en el fondo, niega la ayuda de Dios. El hombre tiene que lograrlo todo por sus propios medios. Gracias a sus esfuerzos y su laboriosidad puede alcanzar un desarrollo cada vez mayor. Pero éste no es el espíritu del Evangelio. Es, en el fondo, un pensamiento legalista e inhumano que defiende, bajo el disfraz de lo religioso, una mentalidad del rendimiento y una fe ciega en un progreso humano sin límite.

Un cristiano, en cambio, tiene más confianza en Dios que en sí mismo. Está convencido de que lo decisivo no es lo que él hace, sino lo que Dios hace para él. No pretende construir con sus fuerzas su propia bondad. Sabe que no necesita salvarse a sí mismo, pues Cristo ya le ha salvado en la cruz. Y confía en un encuentro definitivo con Dios después de su muerte. Esto le otorga una gran paz interior. 

Pero la esperanza cristiana en la resurrección no significa comodidad. La vida se vive una sola vez. Por ello, el hombre está llamado a aprovecharla y a no esperar futuras oportunidades. La fe cristiana lleva a vivir conscientemente, pues el tiempo es corto. No obstante, pese a todos nuestros esfuerzos, nos presentaremos ante Dios con las manos vacías y podemos consolarnos sabiendo que la misericordia divina es infinita.

Jesús dijo al ladrón arrepentido "Hoy estarás conmigo en el paraíso." Hoy mismo, no después de una larga cadena de reencarnaciones. Precisamente en la bondad definitiva de un Dios que perdona y reconcilia, reside la liberación de la novedad cristiana.