Mencía, una española enamorada de Cuauhtémoc

La española enamorada de Cuauhtémoc

A la bella hispana la impactó la figura del guerrero

Pedro de Alvarado en ausencia de Hernán Cortés, cometió la masacre en la Plaza Mayor y la indignación azteca explotó; atacaban al español…

Cortés regresó de Veracruz y pidió una tregua a Cuauhtémoc y a Cuitláhuac, que entendieron que el barbado no estuvo en los hechos y accedieron. A través de La Malinche discutieron y en el contingente íbero venían mujeres, entre ellas Mencía.

Los azules ojos de Mencía se posaron embelesados en la recia figura de Cuauhtémoc, vibró de romántica emoción, sintió que un rayo recorrió su cuerpo, jamás había experimentado tal sensación, el amor detonó en ella al ver tan hermosa figura masculina.

Cuauhtémoc era un hombre bien formado, de mirada profunda que se acentuaba con el negro de sus ojos, su piel clara, sobresalía del tono de los demás, su porte era atractivo y contrastaba en el blanco pálido de los íberos y la tez morena de los nativos.

Así lo describió Bernal Díaz del Castillo: “Guatemuz era un muchacho de muy gentil disposición, así como de cuerpo y de sus facciones, su cara algo larga y alegre y sus ojos, cuando miraban, lo hacían con gravedad, pero no tenían el brillo del odio, el color de su piel era más blanca que las de los indios morenos”.

Subyugó a la joven que supo que le entregaría su amor; que estaba destinada para él; cautivada, se enamoró de golpe, así, como si hubiera sido una orden celestial.

Cuauhtémoc era alto, sobresalía entre los de su raza, sus facciones finas, no se perdían en la severidad de su semblante. La expresión de Mencía delataba su entrega, y una sensación jamás sentida viajaba por sus venas y dominaba su espíritu.

Pero la dama no estaba sola en ese sentimiento, Cuauhtémoc era presa de su belleza cándida y sensual, cuya limpieza brotaba de la expresión de sus finas líneas.

Hernán Cortés y Cuitláhuac mantenían airada polémica, el hispano pedía calma y el mexica alzaba la voz. Habló Cuauhtémoc: con la vista indicó a La Malinche tradujera:

-A vos que sois el jefe: vinieron de tierras lejanas, habed matado en Cholula, cuando danzaban en aquí, han hecho lo mismo; no sufristeis agravios, pero hundieron sus puñales en los cuerpos de nuestros hermanos.

-Esperad, dadme la gracia de entregaros a Moctezuma, que no ha sido retenido por la fuerza, él pidió estar con nosotros, os lo traeré y decidiremos.

El español se retiró con sus huestes y Mencía se acercó a Cuauhtémoc, extendió su mano y le entregó un pañuelo de seda. Como si fuera un mensaje de entrega de su amor.

Cuauhtémoc lo tomó emocionado, sus manos apenas se rozaron y ambos sintieron la enorme y emocionante sacudida en el interior de sus cuerpos, como el cosquilleo de pequeñas chispas que recorrían su humanidad.

Ambos rostros se sonrojaron, ardían sus pupilas y sintieron que en ese ligero acercamiento se entregaron sus almas.

De la leyenda: “La enamorada de Cuauhtémoc”.