La participación de Cuba en la conquista de México

La Ruta de Cortés desde Cuba hasta México

Ruta de Hernán Cortés
(1519-1521)

La expedición al mando de Hernán Cortés 

(1) partió de Santiago de Cuba

(2) se detuvo en Trinidad donde obtuvo grandes refuerzos.

(3) De allí continuó hacia San Cristóbal, todavía en la costa meridional en tanto obtenía nuevos abastecimientos en Carenas, la futura San Cristóbal de La Habana

(4). Tras una breve estancia en Guaniguanico

(5) y con el aporte de la zona septentrional

(6) llegó de Cozumel, y

(7) tras tocar en Tabasco,

(8) se produjo la fundación de la villa de la Vera Cruz, fórmula legalista que le permitió alzarse con el mando en un típica “revolución comunera”. De allí, en unas acciones en que se mezclaron la audacia, el valor y la fortuna los hasta entonces vecinos y moradores de Cuba se convertirían en los conquistadores de la Nueva España, al culminar la sujeción definitiva de Tenochtitlán en 1521.

 “…el oficio de los hombres es no tener sosiego en estas partes y en todas las del mundo, e más en aquestas Indias, porque como todos los mas que acá vienen son mancebos y de gentiles deseos  e muchos dellos valerosos y necesitados, no se contentan con parar en lo que está conquistado.”

Fernández de Oviedo

El escenario:

El primer nombre de Cuba fue Juana, en honor a la reina de España. Pero, ya que la reina se encontraba prácticamente presa, el nombre no tardó en pasar de moda, por lo que lo cambiaron por Fernandina, en honor del rey. Este nombre tampoco duró, si bien aún se empleaba en el decenio de 1520. La isla recuperó su nom­bre indígena: Cuba, poco después de que la población indígena de­sapareciera prácticamente.

Se encontró oro en varios riachuelos de las montañas centrales de Cuba. Durante unos años los colonos que se asentaron en Trini­dad y Sancti Spiritus, villas recién fundadas, obtuvieron consi­derables beneficios. La población nativa, obligada a trabajar hasta el agotamiento y sin jefes, siguió el destino de la de La Española: diezmada despiadadamente.

Cuba era un inmenso bosque de cedro, caobos, y otros árboles de gran valor, baste decir que las maderas del Escorial salieron de esos hoy extintos bosques, y que en el astillero de La Habana se construyeron los mayores y más valiosos buques de la flota española.

Sin embargo, para los colonizadores con apuros de riquezas y pujos de grandezas todo eso eran futuros no pensados, y aún menos entrevistos.

Los personajes:

Diego Velázquez, procedía de una familia de cierto abolengo en Cuéllar, Castilla, y es probable que en el decenio de 1480 participara en las campañas contra el último bastión musulmán en Granada.

En 1493 acompaña a Colón en su segundo viaje, tenía para entonces 28 años. Se asienta en La Española y llega a convertirse en uno de los colonizadores más rico.

Participa en la terrible masacre de indios de Xaraguá y mantiene una estrecha relación con el virrey. Cuando se decide que es hora de conquistar Cuba y aniquilar a uno de los caciques dominicanos que logró escapar hacia la isla, el legendario Hatuey, él es el seleccionado, y se le nombra Adelantado y gobernador de la isla a conquistar. En 1510 parte hacia Cuba.

La labor de conquista fue leve, los indios no ofrecieron de inicio gran resistencia y Velázquez uso de todas las astucias y de la experiencia obtenidas en La Española, la derrota de Hatuey, el bojeo de la isla, el control de todo el territorio, la fundación de las siete primeras villas y el cuidado que puso en evitar futuras hambrunas como las que devastaron La Española fueron sus logros, quizás los más importantes.

Velásquez era un hombre alto, por encima de la media de la época, de cabellos rubios y aunque de joven espigado con el correr de los años tornose mas bien de cuerpo macizo, Bartolomé de las Casas a quien no podemos imputarle parcialidad por el personaje dijo:

“Era de condición alegre y humana y gozaba de gran estimación por la jovialidad y llaneza con que trataba a sus inferiores, sin menoscabo de su dignidad ni del respeto debido a su persona y jerarquía… ninguno se sentaba ante él, aunque fuera muy caballero… cuando era menester o cuando se enojaba, temblaban todos ante él, pero duraba poco su enojo y pasado el primer ímpetu, lo perdonaba todo, como hombre no vindicativo, sino que usaba de benignidad”

Pese a su papel en la matanza de Xaraguá y en la quema de Hatuey, Velázquez no era, ni mucho menos, el conquistador más brutal. De hecho, en el posterior juicio de residencia de Velázquez, el vasco Juan Bono de Quejo, patrón de un barco, declaró que Velázquez era un buen cristiano y un buen servidor de sus majes¬tades, y que trataba bien a los indios.

Aunque buscaba la pros¬peridad para Cuba, se negó a distribuir a los indios en encomien¬das como las de La Española, hasta que no tuvo más remedio. Y cuando tuvo que hacerlo, limitó su dimensión a doscientos indios.

Sólo hablaba del placer. Sus conversaciones parecían chanzas entre jó¬venes indisciplinados. Le gustaban los banquetes. Se sentía orgulloso de su familia (si bien no tenía hijos) y podía comportarse con dignidad cuando las circunstancias lo requerían.

Velázquez se movía como en casa en el trópico. Se acostumbró a los alimentos locales: tortuga verde, pan casabe, cotorras e igua¬nas. En varias partes de la isla, poseía o tenía participación en unas diez haciendas, algunas de ellas en asociación con los conocidos mercaderes genoveses de Sevilla Juan Francisco de Grimaldo y Gas-par Centurión.

Por medio de cartas, mantenía buenas relacio¬nes con las autoridades en España. Éstas, a su vez, lo veían como un contrapeso a Diego Colón, el virrey, al que solían incordiar y al que Ve¬lázquez era desleal, pese a estarle agradecido.

La esposa de Velázquez, su prima María del Cuéllar, había muer¬to en Baracoa en 1512, poco después de la boda. Se decía que a partir de ese momento el gobernador aspiró a casarse con una de las sobrinas del poderoso obispo de Burgos, Juan Rodríguez de Fonseca, cuya sede familiar en Coca se encuentra apenas a treinta ki¬lómetros de Cuéllar. Se trataba, de hecho, de una broma de salón, con la que Velázquez entretenía a sus amigos en su palacio improvisado, comentando lo que haría si volvía a Castilla; y todos sa¬bían que no volvería. (De todos modos, ambas sobrinas del obis¬po, María y Mayor, ya estaban casadas.)

Estas conversaciones en Santiago donde Velázquez sentó su residencia, eran de hecho, tertulias. Los españoles solían fumar tabaco; probablemente fuesen los primeros europeos que aprovecharon el famoso producto cubano (los colo¬nos mismos empezaron a cultivarlo hacia 1520) En dichas tertu¬lias participaban sin duda el primo del gobernador, Antonio Velázquez Borrego —que volvió a España en 1516 como procurador ge¬neral, o sea representante de la colonia—; otros primos y sobrinos del amplio clan Velázquez: Juan, otro Diego, otro Antonio y Bernardino, todos ellos nacidos en Cuéllar y llenos de recuerdos de cuando dicha ciudad se encontraba tan cerca de la corte de Espa¬ña. El nepotismo era un ligero de vicio de Velásquez.

Asistía también el suegro del gobernador, Cristóbal de Cuéllar, el tesorero de Cuba, que tenía fama de tardar en entregar la parte del oro cubano que correspondía al rey, pero que divertía con sus interesantes relatos sobre los tiempos en que fuera copero del di-funto infante don Juan (del que se decía que había muerto por sus excesos haciendo el amor en los primeros meses de su matrimo¬nio). Cuéllar, que había llegado a las Indias en 1502 en calidad de contador mayor de Ovando (otrora también miembro ocasional del círculo del infante), solía decir que por el servicio del rey daría dos o tres tumbos en el infierno llegado el momento.

Tal vez contara por qué la corte había mostrado tanta amistad por Colón, tanto antes como después de su primer viaje. Presentes igualmente estaban el secretario de Velázquez, Andrés de Duero, un hombre diminuto, de la parte de Valladolid que era cerca de Cuéllar, y su conta¬dor, Amador de Lares, un húrgales sagaz pero analfabeto.

El se¬cretario solía guardar silencio; el contador solía mostrarse locuaz y astuto hablando con sus contertulios de los años que pasara en Ita¬lia como maestresala del Gran Capitán, Gonzalo Hernández de Cór¬doba. Otro miembro de la corte tropical de Velázquez era Manuel de Rojas, también de Cuéllar, casado con Magdalena, sobrina del gobernador y hermano del Gabriel de Rojas que más tarde llegaría a ser famoso en Perú (los Rojas vivían casi al lado de la familia Velázquez en Cuéllar).

El bufón del gobernador, Francisco Cer¬vantes, (al cual nos volveremos a referir) solía soltar frases provocadoras y citas de romances con una ocurrencia desconcertante. Es probable que el propio Velázquez desgranara recuerdos de la época en que fue de Granada a Sevilla para acompañar a Colón en su segundo viaje. Sin duda hablaba a veces de cómo era trabajar con el Almirante, como se hacía llamar el propio Colón. Sin duda en ocasiones se unía a la tertulia el escribano de Santiago y ex secretario de Velázquez, un colono obsequioso, astuto e impredecible que se había enriquecido con el oro del río Duabán: Hernán Cortés, nacido en Medellín, Extremadura.

Cortés había entrado al Nuevo Mundo por la puerta acostumbrada en esa época: La Española y allí se hizo de algunos caudales. Cuando se comenzó la preparación para la conquista de Cuba enseguida se unió a la empresa, que eso era, una expedición de aventuras en la que del peculio de los participantes se costeaban los gastos.

Su participación en la conquista de Cuba no ha dejado huellas escritas, pero es de suponer que no fue por ello de poco destaque, ya que de ser así no hubiese alcanzado los beneficios que alcanzó.

Velázquez lo nombró su secretario y es más que probable que las relaciones de conquistas enviadas por este al rey de España fueran redactadas por Cortés que había estudiado y era un hombre de más que mediana cultura para la época. Mientras que Velázquez sino podemos decir que torpe, si era un tanto lento en la toma de decisiones, lo cual se reflejara en las situaciones futuras.

El drama:

A pesar de la habilidad de Velázquez en el manejo de los problemas de la colonia su negativa a entregar los indios en encomiendas, por razones que pudieran ser no tanto humanitarias como de tipo legalista, ya que en propiedad carecía de ese derecho, llevaron a disgustos y múltiples asechanzas. De ellas las más importantes fueron los intentos de rebelión comunera protagonizada por Francisco de Morales y el complot encabezado por su propio secretario Hernán Cortés que se dispuso a llevar a la Audiencia de Santo Domingo una queja de los colonos contra Velázquez.

La ira del gobernador explotó lanzando a Cortés a la cárcel, lugar que aquel visitó en más de una ocasión, en general por sus problemas de faldas, incumplimiento de promesas matrimoniales y otras lindezas del mismo talante, ya en España esos pecadillos le habían generado varias tribulaciones.

En general no podemos decir que las relaciones Cortés-Velázquez fuesen especialmente buenas.

Noticias de toda índole llegaban a Cuba sobre otras islas más ricas al poniente y Velázquez dio oídos a ellas organizando, o ayudando a preparar, las expediciones de Francisco Hernández de Córdoba en 1517; y la de Juan de Grijalva en 1518.

Al regreso de Grijalva, Velázquez se consagró activamente a preparar la conquista de México. Renovadas sus peticiones a la Corte, logró que el 7 de noviembre de 1518 se dictara una real cédula en Zaragoza, ratificada por otra del  12 de diciembre del mismo año, por la cual los pobladores de Cuba quedaron autorizados para armar buques a su costa, descubrir nuevas tierras y proceder a conquistarlas, sin más reservas  que las de abstenerse de invadir la jurisdicción del rey de Portugal, graciosamente concedida por bula papal de Alejandro VI, y a guardar las instrucciones reales respecto a dar buen trato a los indígenas.

Legalmente autorizado para realizar sus planes, el gobernador de Cuba, organizó una expedición mucho más fuerte que las anteriores, destinada a emprender en firme la conquista de la Nueva España, como sería llamada posteriormente.

Once buques, con setecientos expedicionarios españoles, entre ellos treinta ballesteros y doce arcabuceros, catorce cañones, dieciséis caballos, y numerosos perros de presa, ya habituados a destrozar a los indígenas de La Española y Cuba.

Además, la expedición era apoyada por unos mil indígenas, e incluía, varios carpinteros, herreros y otros artesanos, así como naturalmente, una cincuentena de marineros y pilotos de experiencia. La expedición incluía unas ocho o diez mujeres españolas.

Los abastecimientos fueron proporcionados todos por Cuba, miles de panes de casabe, salazones, tocino, y otros alimentos de origen indígena o europeo, así como los caballos utilizados.

Para sorpresa de muchos Velázquez designó a Cortes como el capitán de las fuerzas de conquista, en su decisión influyó el hecho de que el ofrecimiento fue desdeñado por algunos de sus parientes y por otros personajes de mayor prestigio, experiencia militar y ferocidad probada, como por ejemplo Vasco Porcallo de Figueroa el encomendero más rico y sin dudas más despiadado y probablemente el más fértil, preñando indias, de todos los encomenderos.

Cortés emprendió la misión con energía insospechada lo cual empezó a generar celos, recelos, envidias y comentarios de tonos alarmantes. Cuenta Bernal Díaz del Castillo una anécdota en que interviene el ya mencionado Francisco Cer­vantes y que:

“…un do­mingo, yendo a misa el Diego Velázquez, como era gobernador íbanle acompañando los más nobles vecinos que había en aquella villa, y llevaba al Hernando Cortés a su lado derecho por le hon­rar. E iba delante del Diego Velázquez un truhán que se decía Cer­vantes, el Loco, haciendo gestos y chocarrerías, y decía: «a la gala, a la gala de mi amo Diego. ¡Oh Diego, oh Diego! ¡Qué capitán has elegido, que es de Medellín, de Extremadura, capitán de gran ven­tura; mas temo, Diego, no se te alce con el armada, porque todos le juzgan por muy varón en sus cosas!» Y decía otras locuras, que to­das iban inclinadas a malicia, y porque lo iba diciendo de aquella manera le dio de pescozazos el Andrés de Duero, que iba allí junto al Diego Velázquez, y le dijo: «calla, borracho loco, no seas más be­llaco, que bien entendido tenemos que esas malicias, so color3 de gracias, no salen de ti.» Y todavía el loco iba diciendo, por más pescozazos que le dieron: «¡viva, viva la gala de mi amo Diego y del su venturoso capitán, y junto a tal mi amo Diego que por no te "ver llorar el mal recaudo que agora has hecho, yo me quiero ir con él a aquellas ricas tierras!» Túvose por cierto que le dieron los Ve­lázquez, parientes del gobernador, ciertos pesos de oro aquel chocarrero por que dijese aquellas malicias, so color de gracias…”

Próxima ya la fecha de la partida Velázquez comenzó a entrar en sospecha de las verdaderas intenciones de Cortés y a temer una traición. Resuelto a evitarlo, decidió sustituirlo en el mando, pero ya era tarde Cortes se lanzó al mar en la noche del 18 de febrero de 1519 en busca de la villa de Trinidad donde completaría su aprovisionamiento en hombres y vituallas. Velásquez trato de detenerlo en dicha villa y luego en la de San Cristóbal de La Habana (en esos momentos en la costa sur) pero todo resulto ineficaz, la astucia, la capacidad de negociar y el don de convencimiento de Cortés le ganaba siempre la partida.

Más refuerzos recibió Cortés del puerto de Carenas, donde pocos años después se asentaría La Habana, así como de la zona extrema occidental conocida como Guaniguanico.

Burlado y traicionado por Cortes, Velázquez no se resignó a tolerar la rebeldía de este ni la perdida de los caudales que había invertido en la empresa. Una cuarta expedición, más fuerte aún que las precedentes fue organizada sin demora, con el doble propósito de someter a Cortés y proseguir la conquista.

Pánfilo de Narváez fue confiado al mando de la misma, zarpando con rumbo a la Vera Cruz el 18 de marzo de 1520, con 18 buques, cañones, caballos y más de mil españoles. La nueva expedición sólo sirvió para reforzar a Cortés. Narváez fue sorprendido en Zempoala, hecho prisionero y reembarcado para Cuba, mientras que sus hombres se alistaban bajo las banderas de Cortes.

Velázquez no era hombre que se resignase fácilmente a ver destruidos sus planes de engrandecimiento por un subordinado desleal, ni a permitir que toda su fortuna quedase sacrificada en provecho de su adversario, se dedicó, en tal virtud, a preparar con los recursos que le restaban una quinta expedición cuyo mandó se proponía asumir en persona, pero Carlos V, que ocupaba el trono en España desde 1517 se interpuso entre los enconados rivales. Hernán Cortés contaba con partidarios en Cuba, en La Española, y en la Corte, aumentadas porlos triunfos, la fama y la riqueza que rápidamente alcanzaba en México. Desde el primer momento además Cortés había enviado emisarios al emperador Carlos V a quien remitió gran parte de los tesoros obtenidos de Moctezuma.

La Audiencia de Santo Domingo había tratado vanamente de mediar entre Velázquez y Cortés, sin resultado satisfactorio porque Velázquez se negó a atender las conciliadoras demandas del oidor Ayllón enviado a Cuba con el propósito mencionado. El emperador al intervenir puso término a la cuestión. Nombró a Cortés gobernador y capitán general de la Nueva España y ordenó a Velázquez que se abstuviera de preparar nuevas expediciones contra su antiguo subordinado.

Inconforme con una resolución que estimaba completamente injusta disponíase Velázquez a trasladarse a España a reclamar contra la misma cuando le sorprendió la muerte, la noche del 11 al 12 de junio de 1524.

A la larga Velásquez no solo aportó más de un tercio de los costos de la expedición de Cortés, la casi totalidad del costo de la de Pánfilo de Narváez, que en definitiva engrosó las fuerzas de Cortés, sino que, ironías del destino, con todas sus demandas legalistas a la Audiencia del virreinato de Santo Domingo, y a las cortes, aceleró el proceso inevitable de que Hernán Cortés fuese nombrado Adelantado y gobernador de los territorios conquistados.

Consecuencias para Cuba

De inicio fueron devastadoras: perdidas de un elevadísimo porcentaje de la población, quizás llegó a un 80% o más, lo cual facilitó el resurgimiento de las insurrecciones indígenas y su secuela de destrucción.

Disgusto e inestabilidad de los que habían permanecido en una isla de la cual ya se sabía que no encerraba grandes riquezas áureas.

Deterioro del incipiente desarrollo urbano iniciado con la fundación de las tres primeras villas.

En resumen, estancamiento de lo poco que se había logrado en los años posteriores a la conquista.

Sin embargo, se aceleró el proceso de traslado de la villa de San Cristóbal de La Habana hacia su actual ubicación al norte, en el puerto que los descubridores llamaron Carenas, esto estuvo motivado por el descubrimiento de la corriente del Golfo, hecho vinculado a la conquista de México, y junto con ello la comprensión más o menos explícita, de que eran los puerto al norte y no al sur los que desempeñarían un mayor papel en el futuro.

A la larga el comercio de Cuba con México se convirtió en un recurso inesperado para los encomenderos españoles que no lograban extraer grandes cantidades de oro de los ríos de la isla y que desmayaban por otras fuentes de riquezas, la ganadería extensiva para la obtención de cueros para el mercado mexicano, así como de salazones, tocino y pan de casabe fueron de momento un consuelo, posiblemente el tabaco que aprendieron a saborear los españoles en Cuba fuera desde inicio otro producto a comerciar. 

Por: Waldo Acebo Meireles 03/2011