Niño Benito Juárez García

La Emperatriz Carlota y Maximiliano I de Habsburgo

Carta que Benito Juárez le escribió al emperador Maximiliano de Habsburgo para rechazar su oferta de colaborar con él en el nuevo gobierno.

Antes de su llegada a México, Maximiliano de Habsburgo le escribió una carta a Benito Juárez ofreciéndole integrarlo al nuevo gobierno imperial. Reproducimos la categórica respuesta de Juárez.

Firma de Benito Juárez

Monterrey, NL. 1 de marzo de 1864

Respetable señor,

Me dirige usted, particularmente su carta de 22 del pasado, fechada a bordo de la fragata Novara, y mi calidad de hombre cortés y público me impone la obligación meditada de contestar, porque ya debe suponer que el delicado é importante cargo de Presidente de la República absorbe casi todo mi tiempo, sin dejarme descansar de noche.

Se trata de poner en peligro nuestra nacionalidad, y yo, que por mis principios y juramentos soy el llamado a sostener la integridad Nacional, la soberanía y la independencia, tengo que trabajar activamente, multiplicando mis esfuerzos para corresponder al depósito sagrado que la Nación en el ejercicio de sus facultades, me ha confiado; sin embargo, me propongo, aunque ligeramente, contestar los puntos más importantes de su citada carta.

Me dice usted, que abandonando la sucesión de un trono de Europa, abandonando su familia, sus amigos, sus bienes y lo más caro para el hombre, su patria, se han venido usted y su esposa Doña Carlota, a tierras lejanas y desconocidas, solo para corresponder al llamamiento espontáneo que le hace un pueblo que cifra en usted la felicidad de su porvenir.

Admiro positivamente, por una parte, su generosidad y, por otra parte, ha sido verdaderamente grande mi sorpresa encontrar en su carta la frase llamamiento espontáneo, porque ya había visto antes, que cuando los traidores de mi patria, se presentaron en comisión por sí mismos en Miramar, ofreciendo a usted la corona de México, con varias cartas de nueve ó diez poblaciones de la Nación, usted no vio en todo eso más que una farsa ridícula, indigna de ser considerada seriamente por un hombre honrado y decente.

Contestó usted a todo eso exigiendo una voluntad libremente manifestada por la Nación, y como resultado del sufragio universal: esto era exigir una imposibilidad; pero era una exigencia propia de un hombre honrado. ¿Cómo no he de admirarme viéndole aceptar las ofertas de los perjuros y aceptar su lenguaje, condecorar y poner a su servicio a hombres como Márquez y O’Horan y rodearse de toda esa parte dañada de la sociedad mexicana?

Yo he sufrido, francamente, una decepción: yo creía a usted una de esas organizaciones puras, que la ambición no alcanzaría a corromper.

Me invita usted a que vaya a México, ciudad a donde usted se dirige, a fin de que celebremos allí una conferencia en la que tendrán participación otros jefes mexicanos que están en armas, prometiéndonos a todas las fuerzas necesarias para que nos escolten en el tránsito: y empeñado como seguridad y garantía su fe pública, su palabra de honor.

Imposible me es, señor, atender a ese llamamiento; mis ocupaciones no me lo permiten, pero si en el ejercicio de mis funciones públicas yo debiera concurrir a tal invitación, no sería suficiente la fe pública, la palabra de honor de un agente de Napoleón, de un hombre que se apoya en esos afrancesados de la Nación Mexicana, y del hombre que representa hoy la causa de una de las partes que firmaron el Tratado de la Soledad.

Me dice usted que de la conferencia que tengamos, en el caso de que yo la acepte, no dude que resultará la paz, y con ella la felicidad del pueblo mexicano y que el Imperio contará en adelante, colocándome en un puesto distinguido, con el servicio de mis luces y el apoyo de mi patriotismo.

Es cierto, señor, que la historia contemporánea registra el nombre de grandes traidores que han violado sus juramentos y sus grandes promesas; que han faltado a su propio partido, y a sus antecedentes, y a todo lo que hay de sagrado para el hombre honrado; que en estas traiciones el traidor ha sido guiado por una ambición de mando y un vil deseo de satisfacer sus propias pasiones y aun sus mismos vicios; pero el encargado actualmente de la Presidencia de la República, salido de las masas del pueblo, sucumbirá (si en los juicios de la Providencia está determinado que sucumba) cumpliendo con su juramento, correspondiendo a las esperanzas de la Nación que preside, y satisfaciendo las inspiraciones de su conciencia.

Tengo la necesidad de concluir por falta de tiempo, y agregaré solo una observación. ¿Es dado al hombre, señor, atacar los derechos ajenos, apoderarse de sus bienes, atentar contra la vida de los que defienden su nacionalidad, hacer de sus virtudes un crimen y de sus vicios propios una virtud? Pero hay una cosa que está fuera del alcance de la perversidad, y es el fallo tremendo de la historia. Ella nos juzgará.

Soy de Ud. atento y seguro servidor,

Benito Juárez

 

Firma de Maximiliano

Carta de Maximiliano de Habsburgo a Benito Juárez 

19 de junio de 1867

Sr. Don Benito Juárez:

Próximo a recibir la muerte, a consecuencia de haber querido hacer la prueba de si nuevas instituciones políticas lograban poner término a la sangrienta guerra civil que ha destrozado desde hace tantos años este desgraciado país, perderé con gusto mi vida, si su sacrificio puede contribuir a la paz y prosperidad de mi nueva Patria.

Íntimamente persuadido de que nada sólido puede fundarse sobre un terreno empapado de sangre y agitado por violentas conmociones, yo conjuro a usted, de la manera más solemne y con la sinceridad propia de los momentos en que me hallo, para que mi sangre sea la última que se derrame y para que la misma perseverancia, que me complacía en reconocer y estimar en medio de la prosperidad, con que ha defendido usted la causa que acaba de triunfar, la consagre a la más noble tarea de reconciliar los ánimos y de fundar, de una manera estable y duradera, la paz y tranquilidad de este país infortunado.

Maximiliano

Desde nuestro paso por las aulas se nos enseñan muchos pasajes de la historia en los que el nombre de Benito Juárez marcó la diferencia; Juárez fue artífice de aspectos tan importantes como las Leyes de Reforma, la libertad de imprenta, la secularización de hospitales e instituciones de beneficencia, la reglamentación de la instrucción pública, entre otros.

Sin embargo, un aspecto poco conocido de Benito Juárez es el amor y devoción que profesó a su esposa, Margarita Maza, con quien contrajo nupcias en 1843.

Testimonio del amor entre la pareja, que procreó 12 hijos, son las múltiples cartas que intercambiaron, en las cuales se profesan un gran amor y compañerismo.

En sus misivas, Margarita Maza se refería a su esposo como ‘Mi estimado Juárez’, y rubricaba sus cartas junto con un “recibe el corazón de tu esposa que te ama”. Mientras que el Benemérito de las Américas en sus cartas de respuesta le dedicaba un “Mi estimada Margarita” y no se despedía sin decirle que la amaba. “Tu esposo que te ama y te desea”, le escribió varias veces.

Nazas, septiembre 22 de 1864

Doña Margarita Maza de Juárez

Mi amada Margarita:

Aunque ya te escribí otra carta para ti y para Santa, te pongo estos renglones para decirte que no tengas cuidado por mí, pues hasta la fecha no tengo novedad. Sólo me atormenta tu separación y la de nuestros hijos y más que todo el no saber de la suerte de ustedes. Tal vez de un día a otro reciba alguna noticia favorable de que están sin novedad y esto será mi más grande consuelo. Dales un abrazo a mis queridas hijas y a Beno y muchos besitos al Negrito, a las cuatitas y a Antoñito y a María Doloritas. Recibe el corazón de tu esposo que no te olvida.

Benito 

Margarita Maza y Juárez fueron una pareja muy enamorada; a pesar de las múltiples separaciones que sufrieron, debido a las persecuciones políticas que tuvo Juárez, encontraron la forma de mantenerse unidos a través de sus cartas.

Nueva York, diciembre 13 de 1865

Mi estimado Juárez

Recibí tu carta de 10 de noviembre, donde me dices que no habías recibido cartas de nosotros ni de Romero, pero supongo que después las habrás recibido porque así nos pasa a nosotros. No tengas cuidado, todos estamos buenos. El que continúes con la Presidencia, no me coge nuevo, porque ya me lo tragué desde que vi que no me contestabas nada siempre que te lo preguntaba; que hemos de hacer; al fin, aun cuando te hubieras separado tú, no te habías de venir con nosotros. Lo que es yo, no tengo esperanzas de volverte a ver hasta que triunfemos y esto, según las noticias, parece que no pasará de otro año y esto me tiene muy contenta, como debes de considerar. El día 8 hizo un año de muerto nuestro hijo Pepe y hoy cumplió nuestro hijo Toño año y medio. Estos recuerdos diarios de mis hijos no me dejan vivir. Soy muy desgraciada. Recibe mil memorias de nuestros hijos y el corazón de tu esposa.

Margarita

Juárez fue un magnífico esposo y un padre ejemplar. Hay una enorme ternura en las cartas que mandaba a su familia, mientras iba de un lado a otro para defender la República en contra del imperio de Maximiliano.


Villa del Paso, marzo 2 de 1866.

Mi estimada Margarita:

En el correo pasado recibí tu carta de 31 de enero con la de Beno y en el de anoche recibí la otra de 7 de febrero. He leído ambas con mucho gusto porque me dices que tú y nuestros hijos siguen sin novedad, y esto me tiene muy contento, como debes suponer.

He visto la carta que te escribió nuestro hermano Pepe, el que nos informa de la mala situación que guardan los traidores de Oaxaca cercados por nuestras fuerzas.
Creo que pronto quedará restablecido el orden en aquel estado. Cuando le escribas a Pepe dale mis memorias, lo mismo que a Candelaria y a la comadre Pérez.
Enseñé a Goytia el párrafo de tu carta en que me hablas de su familia. Recibe carta que le mandó Santacilia.

Quedo enterado de que te disponías ir a Washington. Romero también me lo anuncia diciendo que pensaba darte un baile si lograba algunos fondos que estaba buscando. Sea que haya baile o no, me parece muy bien que vayas a visitar la capital de esa república. Ya me dirás lo que haya habido en tu viaje y visita.

Dile a mi Beno que he leído con mucho gusto su cartita y que me alegro de que se esté apurando en sus lecciones. Procura que esté siempre aseado. A nuestra Nela dile que veo con mucho aprecio sus letras y estoy muy contento con que María esté cada día más traviesa y encantadora. Cuídenla mucho, mientras tenga yo el gusto de tenerla en mis brazos. En fin, a las demás muchachas diles que no las olvido un momento y que no pierdo la esperanza de que pronto las estreche en mis brazos.


Tu esposo que te ama.

Benito

Andrés Henestrosa, poeta zapoteco, recupera en su libro ’Flor y látigo. Ideario político liberal de Benito Juárez, una anécdota que revela la complicidad y compañerismo del Benemérito y su esposa.

En una ocasión, Juárez no pudo anudarse una corbata de moño, por lo que pidió ayuda a su esposa, quien acudió en su auxilio.

“Y Margarita Maza acude solícita y le anuda la corbata en un santiamén, no sin decirle: “¡Qué inútil eres, señor Juárez!” Y la voz de la mujer lo envuelve, lo pacifica, lo devuelve a su niñez montaraz cuando, pastor de ovejas, todavía no asomaba a su mente la idea de abandonar el pueblo y el lago de su pueblo. Su grandeza se humilla, claudica su voluntad ante la presencia de la esposa que lo salva de aquel cotidiano trance. Están el uno frente al otro, los ojos en los ojos. Juárez, con ser de baja estatura, aparece gigante ante los ojos de Margarita. Ella, con ser más alta, está al nivel de su pecho, que era donde ella quería estar: a la altura de su corazón”.

Margarita Maza de Juárez murió el 2 de enero de 1871; su muerte dejó devastado al entonces Presidente de la República.

Los hijos de Benito Juárez y Margarita Maza

Las hijas de los Juárez, con Margarita Maza a la derecha

El hijo varón de los Juárez, Benito Juárez Maza